11 may. 2014

EL OCASO DE LA EDAD TARDÍA: EL CRISTIANISMO VENCEDOR

En el año 305 se cumplieron los 20 años de la instauración de la Tetrarquía. Según lo previsto, los Augustos dimitieron y las previsiones sucesorias se cumplieron puntualmente: Galerio y Constancio Cloro, Césares hasta entonces, pasaron a ser Augustos y nombraron a los Césares nuevos. Pero al año siguiente, Constancio Cloro, Augusto de Occidente, murió. En vez de ocupar el puesto el César Severino, como estaba previsto, las tropas aclamaron a Constantino, hijo del Augusto difunto. De este modo, todo el mecanismo sucesorio, tan escrupulosamente planeado y cumplido por Diocleciano, se vino abajo. La guerra civil estalló de nuevo.
Hacia el 308 la situación del Imperio era sumamente complicada. Había cuatro Augustos legales, entre ellos Constantino, un César ilegal, Majencio, reinaba sobre Italia, Hispania y, al menos nominalmente, en África, donde además había un usurpador. Se acudió a Diocleciano, que vivía retirado en su palacio de Spalato, pero ésto no quiso complicar más el confuso panorama con su intervención. Así pues, cada aspirante se enredó en luchas contra los demás candidatos; en el 312, Majencio fue vencido por Constantino, que quedó como único dueño de Occidente, mientras que Licinio reinaba como Augusto en el Oriente. Se conoce una leyenda contemporánea según la cual Apolo y la diosa Victoria se aparecieron en una visión a Constantino antes de su encuentro con Majencio, ofreciéndole la corona triunfal y prometiéndole un reinado de 30 años. Los cristianos, posteriormente, "bautizaron" y amplificaron otros pintorescos detalles de esta leyenda, atribuyendo a inspiración divina la política que, en adelante, observó Constantino para con el cristianismo. Parece más sensato creer que fue su perspicacia política la que le llevó a reunir en torno a su persona a aquel importante sector del mundo romano.
Al parecer, aquel mismo año se reunieron en Milán Constantino y Licinio. Entre los acuerdos tomados figuraba el de proclamar la más amplia libertad religiosa para todos los súbditos del Imperio. Constantino no tardó en aplicar lo acordado, posiblemente mediante una circular (el supuesto "Edicto de Milán") mediante cuyas disposiciones se concedía a los cristianos y a todos los demás libre potestad para adorar a las divinidades que cada uno quisiera. A los cristianos en particular se les devolvía sin demora sus lugares de culto y demás bienes de la comunidad; el fisco asumía la responsabilidad de idemnizar a los particulares que hubiesen adquirido los bienes confiscados a los cristianos.
Cuando poco después Constantino se apoderó de la mitad oriental del Imperio, todas estas disposiciones fueron aplicadas también a aquella región. Conforme pasó el tiempo se incrementaron además con otras, del tenor de las siguientes: los cristianos no serían obligados a aceptar cargos públicos; a los obispos se les concedió jurisdicción en las causas civiles; la Iglesia recibió el privilegio de manumitir esclavos sin pagar impuestos por ello y pudo percibir bienes en herencia. Estas medidas le permitieron incrementar sustancialmente su patrimonio; se estableció el descanso dominical para permitir a los campesinos la asistencia a los actos de culto. El emperador y sus familiares regalaron e hicieron construir para la Iglesia palacios y templos en Roma, Constantinopla y Jerusalén. Los lugares de culto se multiplicaron; las monedas, que comos sabemos son eficacísimos instrumentos de propaganda, se llenaron de símbolos cristianos; la legislación y el vocabulario oficial incluyeron términos y conceptos de inspiración cristiana... y muy pronto los cristianos comenzaron a ocupar los más altos cargos del Estado.
Al mismo tiempo se tomaron algunas medidas de carácter restrictivo contra el paganismo; así se prohibió realizar sacrificios y adivinaciones en los domicilios privados. No obstante, la medida con más futuro fue la decisión de Constantino de educar cristianamente a sus hijos. Él, sin embargo, sólo parece que aceptó ser bautizado por un cura arriano en el lecho de muerte, si bien había promocionado la condena del arrianismo como herejía durante la celebración del Concilio de Nicea en el 325.
Constantino fue considerado por la Iglesia como un gran protector, que no sólo le dio la paz, sino también la oportunidad de difundirse sin trabas por todo el Imperio. Si su conducta privada no hubiese dejado tanto que desear, no cabe duda de que sería venerado con los máximos honores, como lo fue su madre, Santa Helena. No obstante, no muy lejos de la iglesia de Santa Sofía, Constantino fue enterrado y adorado como "el decimotercer apóstol".

2 comentarios:

Miguel Ángel de Mòstoles dijo...

"El decimotercer apostol", ¡lo qué aprendo contigo!

FRANCISCO GIJON dijo...

Pues sí Miguel.
Fue enterrado junto a la Iglesia de los Santos Apóstoles, en Constantinopla, en un soberbio mausoleo situado en el centro de los doce cenotafios de los apóstoles. La iglesia griega ortodoxa todavía hoy lo venera como el TRISKAIDÉKATOS APÓSTOLOS.
Para saber más te recomiendo leer el primer capítulo de mi libro EL SECRETO DE NICEA (ahí verás cómo opino yo que se llevaba con Licinio)

Un abrazo y gracias por pasarte. Estás en tu casa.