9 may. 2014

EL DOMINADO III: COMIENZA EL MEDIEVO

Para poder controlar con eficacia a los contribuyentes se obligó a los que se dedicaban a la agricultura a fijar su residencia en un lugar, que en adelante no podrían abandonar ni ellos ni sus descendientes. La vinculación del campesino a la tierra pasó a ser hereditaria. La servidumbre de la gleba, institución que tenemos por característica de la mal llamada Edad Media, se hizo realidad en el mundo romano. Los que por su profesión no podían vincularse a un lugar determinado fueron agrupados en colegio y corporaciones a los que debían pertenecer obligatoriamente. De este modo se garantizaba la estabilidad y productividad necesarias para el comercio y la industria. Al imponerse la heredabilidad de los oficios, poco faltó ya para que apareciesen los llamados gremios medievales.
Los impuestos, al no poder pagarse en moneda (porque escaseaba y comenzaba de nuevo la época del "trueque"), se pagaban en productos agrícolas o industriales o bien en trabajos obligarorios para la sociedad.
No era mejor la situación de aquellos que ocupaban puestos de responsabilidad en el gobierno municipal o e las magistraturas, los llamados curiales. El campesino libre (cada vez menos libre, por cierto) que lograba acrecentar y mejorar sus tierras de labor era promovido por obligación a curial y entonces se le obligaba a sustituir con su peculio los impuestos que no podían pagar sus conciudadanos. En estas circunstancias todos procuraban contentarse con el mínimo esfuerzo necesario, pues cualquier mejora de la situación no serviría más que para atraer sobre ellos la insaciable avidez del fisco.
Diocleciano llevó a cabo también una drástica reforma monetaria y, para evitar que se deteriorase el valor de la moneda a causa de la espiral inflacionista, emitió edictos fijando los precios de las principales mercancías y determinando también las cantidades que debían ganar los obreros agrícolas, los albañiles, los carpinteros, herreros, panaderos, zapateros, pastores, arrieros, aguadores, maestros, etc... Había llegado el INTERVENCIONISMO ESTATAL PLENO, una suerte de comunismo "a la romana".
Se amenazaba con graves penas a los infractores, mas todas estas medidas resultaron ineficaces porque en una economía natural, cuando el Estado no está en condiciones de asumir un control planificado de la producción y de los precios, no se pudo sino aparejar un aumento de la especulación, que fue terrorífica para la economía del ya decadente Imperio.
¿Qué pasó? Pues que los comerciantes especuladores acumularon mercancías para ponerlas a la venta a precios superiores a los fijados por el emperador, en el mercado negro. Los trabajadores, al tener asegurado un sueldo mínimo y al no poder superar un máximo, evitaron cualquier esfuerzo extraordinario. La maquinaria estatal trató de reactivar la economía de modo coactivo, aumentando el control y la burocracia, pero con ello el gasto público aumentó desproporcionadamente y la situación general se agravó hasta el punto de que pronto se tuvieron que abolir los resolutivos edictos antes citados.

1 comentario:

Miguel Ángel de Mòstoles dijo...

La historia nos desmuestra, que intentar intervenir la economía, no suele ser bueno.