4 may. 2014

EL COMIENZO DE LA GRAN ANARQUÍA

Con Alejandro Severo (en la moneda de la imagen) las clases superiores de la ciudadanía se vieron cada vez más acosadas. Uno de los instrumentos más eficaces de la demolición de la burguesía fueron las reformas fiscales, que se generalizaron bajo la dinastía severiana. La República había arrendado el cobro de los impuestos a los publicanos. Los Flavios encargaron a los ricos de cada ciudad la recaudación de los tributos (la zorra dentro del gallinero, por así decir). Ahora, los decemprimi, es decir, los diez personajes más importantes y ricos de cada ciudad fueron "obligados" a recaudar los tributos de sus habitantes y, en caso de no lograrlo, a responder con sus bienes personales ante la hacienda pública. Nadie quería, en consecuencia, ocupar los puestos de gobierno en las ciudades, porque su aceptación llevaba aneja la obligación de atender a estos númera y les hacía responsables ante el fisco de los impuestos de todos. Además, se les obligaba al pago de liturgias, es decir, de otros impuestos extraordinarios destinados a alimentar al pueblo en tiempos de carestía, a costear los festejos públicos, a proveer de naves o armas al Estado, etc...
Los municipios vieron reducidos sus impuestos conforme los emperadores dispensaron de su pago a los colonos, a los vendedores, a los transportistas, a los bomberos, etc... De esta forma, la carga fiscal pesaba cada vez más sobre los honestiores. Como consecuencia de la guerra civil que había llevado al poder a Septimio Severo, grandes extensiones de tierra habían sido confiscadas por el Estado a los partidarios de sus enemigos. Así pues, muchos fueron, especialmente en Hispania, los honestiores y los municipios que perdieron parte de sus posesiones. Por su parte, el Estado las repartió entre los campesinos y, en ocasiones, estableció en ellas a prisioneros de guerra bárbaros, entre los que pensaban reclutar a los soldados que necesitaban.
Al ser asesinado Alejandro, el último de los Severos, se abre pues un período del que la clase burguesa, que había sustentado el esplendor del Alto Imperio, saldría definitivamente destrozada. El más brutal de los regímenes de terror se abatió sobre todo el Imperio. La fuerza que lo apoyaba fueron las reivindicaciones sociales de las clases inferiores. De ellas salió el ejército, instrumento máximo del terror. Del ejército, la burocracia, que administró el Imperio. Y de la burocracia militarizada salieron los emperadores que, en rápida carrera, se sucedieron como directores meteóricos de aquella caótica situación que se había gestado.
Los pequeños propietarios y los colonos que trabajaban las tierras de los grandes señores y del Estado fueron los únicos, al estar protegidos por el sistema, que se beneficiaron de aquella situación confusa y caótica. Los más perjudicaros fueron los honestiores menos pudientes y la gente acomodada que no se avino a sobornar a los oficiales encargados de la recaudación. La más negra desmoralización, el más desesperado fatalismo se abatió sobre todos ellos, especialmente desde el momento en que se vieron acorralados por la policía secreta imperial. Muchos de ellos huyeron de las ciudades a los descampados y desiertos después de ocultar sus riquezas en espera de tiempos mejores (ahora lo llamaríamos "fuga de capitales", "evasión" y "alzamiento de bienes"). De hecho - y ahora hablo de la zona de Palencia - muchos de los tesoros de monedas romanas encontrados por los arqueólogos proceden precisamente de aquella intranquila época, de ahí la fotografía que encabeza esta entrada.

1 comentario:

Miguel Ángel de Mòstoles dijo...

¡Caramba! jamás se me hubiera ocurrido que fuera por eso.