5 may. 2014

EL COMIENZO DE LA GRAN ANARQUÍA II: COMIENZA EL MEDIEVO

Al faltar capitales que invertir en la agricultura, la industria o el comercio, todas estas actividades decayeron pavorosamente. Las tierras de regadío, al descuidarse los sistemas de riego y drenaje, se convirtieron en infectos pantanos de los que brotó la malaria como uno más entre tantos otros azotes. Al desorganizarse el transporte y el comercio la gente tuvo que abandonar las ciudades e irse a vivir al campo, donde, mal que bien, al menos se podían encontrar los alimentos que no llegaban a las ciudades. Muchos de los ciudadanos arruinados se acogieron a a protección de los grandes agricultores, los únicos que podían defenderles de los mismos agentes del fisco, pasando a trabajar en sus fincas como colonos o como simples siervos (vemos aquí que el sistema feudal se forjó mucho antes de lo que nos habían enseñado).
Estos nuevos señores procedían precisamente de la clase militar dominante, que se valía de su prepotencia para acumular enormes latifundios y atraer así a masas de trabajadores en las que el elemento esclavo fue sustituído paulatinamente por hombres libres que, al arruinarse, pasaban a depender del terrateniente. Las confiscaciones de tierras, procedimiento que se hizo común al socaire de las luchas entre cuantos aspiraban al Imperio, motivó la concentración en manos del Estado de grandes predios, dispersos por todos los confines del Imperio, de modo que el Estado mismo pasó a convertirse en el primer latifundista y en el más poderoso de todos ellos, por cuanto era mayor la masa de siervos que trabajaban en sus posesiones y por cuanto que, con ellos, podía movilizar tropas más numerosas que las de cualquier otro propietario (y así se gestaron lo que, siglos después, se convertirían en ducados o reinos medievales).
Otra de las gravísimas consecuencias de las constantes luchas por el poder que se produjeron en Roma fue el desguarnecimiento de las fronteras. En efecto, las tropas acantonadas en los límites imperiales abandonaron sus puestos para correr a aquellos lugares donde podía decidirse por la fuerza de las armas la suerte de sus respectivos candidatos al Imperio. Los bárbaros, al percatarse de la crisis de autoridad y al no encontrar defensores en los confines imperiales, penetraron profundamente en los territorios romanos. Dos puntos había especialmente vulnerables: el Oriente, donde los persas lanzaron todas sus fuerzas, y el Norte, donde los distintos grupos germánicos presionaban insistentemente. Entre éstos últimos, los francos y los alamanes fueron los primeros en aprovecharse de la situación. Entre el 258 y el 260, éstos últimos cayeron sobre Italia, donde difícilmente fueron contenidos por el emperador Galieno. Los francos, por su parte, atravesaron las Galias y, pasando el Pirineo, penetraron en la península Ibérica. La invasión se hizo particularmente grave a partir del año 260, fecha en que el emperador Valeriano cayó en manos de los persas y fue reducido a la esclavitud.
De la presencia de los francos en Hispania pocos son los testimonios literarios que nos han llegado. Sin embargo, la arqueología pone al descubierto la enorme gravedad de aquella avalancha humana. Por lo que se refiere a la mitad oriental de la Península, que es hasta la fecha la mejor conocida, no hay una sola ruina que no ofrezca señales de haber sufrido destrucción violenta en este período. Del saqueo y el incendio no se libraron ni las grandes ciudades, ni las aldeas, ni las villas campestres. Algunas de ellas no volvieron a rehacerse tras aquel terrible golpe, como por ejemplo, Ampurias, que ya no volvió a recuperar su importancia como centro urbano.
La destrucción afectó también a Barcelona (cuyos escombros se aprovecharon para reconstruir lo que se pudo), Baétulo (Badalona), Sagunto, Denia, Cullera, Elche, Alicante, Clunia, Málaga... Las villas arrasadas fueron innumerables, hasta el punto de que las que permanecieron en pie constituyen rarísimas excepciones. Los invasores se apoderaron además de los barcos y pasaron con ellos a las costas del norte de África provocando una auténtica catástrofe en la actual zona marroquí.
De estos años son las últimas ánforas de aceite que llegaron a Roma desde la Bética. Parece ser que los olivares fueron talados, los molinos y las fábricas de envases, destruídos. Pero además, el Mediterráneo se llenó de piratas que acabaron por hacer quebrar los transportes marítimos. Ls fábricas de salazón fueron desmanteladas o destruidas. El pánico hizo que muchos ricos ocultasen sus fortunas apresuradamente antes de ponerse a salvo ellos mismos.
Cuando esto ocurrió, el país había quedado en una postración tal que ya no le sería imposible recobrar lo perdido.

(CONTINUARÁ)

2 comentarios:

Miguel Ángel de Mòstoles dijo...

Me deja asombrado las ganas de destrucción. Esto parece cíclico; tras una periodo de esplendor, viene otro de destrucción.

¡Feliz fin de semana!

FRANCISCO GIJON dijo...

En efecto, Miguel, el problema es saber en cuál nos encontramos ahora...
Las concomitancias entre el mundo mal llamado "Antiguo" y el actual a veces sobrecogen... ¿a que sí?

Gracias por tu comentario