5 abr. 2014

LA GUERRA DE NUMANCIA: SE RECURRE A ESCIPIÓN

Pues sí, víctima de un complot, Tiberio murió asesinado a garrotazos en un motín instigado por el propio Senado romano. Ya hemos dejado dicho que las presiones de Mancino y Tiberio Graco no prosperaron. Más todavía, Mancino fue puesto en prisión y encomendado a los legados de Metelo y Pompeyo para que lo entregasen a los numantinos con la idea de que descargaran sobre él su indignación al ver que el Senado no había aceptado la paz de la que él había sido fiador. Así lo hicieron los legados, los cuales, después de comunicar su mensaje a los numantinos, abandonaron a Mancino, desnudo y encadenado, ante las puertas de la ciudad. Aquel pueblo, a quien roma tenía por bárbaro, rechazó enérgicamente la solución ofrecida y no consintió en tocar a la persona del desventurado cónsul, que permaneció expuesto a tan vergonzosa afrenta un día entero.
La guerra se reanudó sin éxito alguno para los ineptos generales que enviaba un patriciado no menos corrompido que ellos. El pueblo romano estaba harto de aquella vergonzosa guerra y no menos cansado de los abusos de la oligarquía dominante. Por lo pronto, pusieron sus ojos en Escipión Emiliano, el héroe del momento, que poco antes había arrasado Cartago. Veían en él al único hombre capaz de ponerse al frente de las reivindicaciones populares, de barrer la corrupción, de reinar, incluso sobre Roma como el mejor de los príncipes. La camarilla de gobernantes que dirigía la política romana tenía miedo de Escipión, el hombre que, al parecer por patriotismo, estaba siendo el más fiel instrumento de la política expansionista de los grande terratenientes, los grandes capitalistas y, a qué no decirlo, de los "gángsters" que manipulaban el comercio de esclavos. Sin embargo tuvieron que ceder a la presión popular y consintieron que en el año 134 a. de C. fuera elegido cónsul... ¡por tercera vez!, a pesar de las cortapisas legales.
En Sicilia había estallado el año anterior la primera revolución de los esclavos. El Senado aprovechó la ocasión para negar al peligroso Escipión los hombres y le dinero que necesitaba. Protestó por ello pero, en el fondo, no le importaba demasiado. Unos años antes había realizado un periplo por Asia y África y muchos reyes tenían en él un ídolo. Incluso unos buenos amigos suyos, Antíoco de Siria y Micipsa de Numidia le enviaron tropas. Atalo de Pérgamo incluso le mandó dinero para sus campañas. Se le unió también un nutrido grupo de romanos, corte de incondicionales entre los que figuraba lo más selecto de la sociedad romana: Cayo Mario, el futuro dictador; Cayo Graco, hermano y futuro continuador de la obra de Tiberio Graco; Yugurta, futuro rey de Numidia y azote de Roma; el poeta Lucilio; los escritores Rutiliano y Aselio; el historiador y experto en el arte de atacar y defender plazar fuertes, Polibio.
En conjunto, era un Estado Mayor de tal categoría que bien podría haberse comparado con el que en el pasado había rodeado a Alejandro Magno o con el que, en el futuro más lejano, acompañaría a Napoleón Bonaparte. A aquellos 500 selectos se unieron tropas de ultramar, soldados que vegetaban por Hispania, aliados hispánicos..., en total logró reunir un ejército de 60.000 hombres. Incluso el dinero que faltó fue puesto por el propio Escipión de su peculio.
Ahora sólo faltaba meter en cintura a aquellos hombres para convertirlos en verdaderos soldados...

(CONTINUARÁ)

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