4 abr. 2014

LA GUERRA DE NUMANCIA: ACOSO SIN DERRIBO

Efectivamente, Metelo se internó en el país, sometiendo ciudades y tratándolas tan generosamente que, en realidad, muy pocas fueron tomadas por la fuerza. Su sucesor, Quinto Pompeyo, fracasó ante Numancia, y luego en Termancia. De regreso, sometió a las cuadrillas del bandolero Tangino, que asolaban la región de Teruel. Los prisioneros fueron vendidos como esclavos, pero quienes los compraron pronto se dieron cuenta de la clase de "mercancía" que Ponpeyo les había vendido: unos se suicidaron, otros mataron a sus dueños y algunos tuvieron que ser trasladados a los mercados de ultramar (ultramar... Mediterráneo, claro) y barrenaron los barcos muriendo ahogados junto con sus guradianes y resto de tripulantes. En el 140 a. de C. Ponpeyo regresó a Numancia anhelando obtener algún triunfo. Para conseguirlo acometió la ciclópea tarea de rodear la ciudad con un canal. Los numantinos no dejaron dar golpe a los zapadores. Para colmo, las tropas auxiliares ibéricas, cumplido su tiempo de enrolamiento, debieron ser licenciadas. Pompeyo pasó el invierno junto a Numancia con un ejército perezoso e indisciplinado. El frío de la estación los acabó de paralizar. Pompeyo, temiendo volver a Roma con las manos vacías, propuso un tratado de paz que los numantinos mejor hubieran hecho en no aceptar, porque fue quebrantado a ciencia y conciencia por el romano una vez se enbolsó la gran cantidad de dinero que aquéllos le entregaron para que les dejase en paz.
El ya conocido Popilio Lenas no tuvo más suerte ante Numancia en el 138 a. de C. Al año siguiente, el cónsul Mancino se atrevió a repetir el asediocon las mismas tropas que las campañas de Pompeyo y Popilio habían convertido en una majada de hombres sin aptitudes para la guerra. Los numantinos no tuvieron problema en atacarlos en campo abierto. Al saber Mancino que se le venían encima las tropas enviadas por los vacceos y los cántabros, escapó con su gente buscando tierras seguras en el valle del Ebro. En el camino, los celtíberos le cortaron el paso y a duras penas se pudieron salvar merced a que toparon casualmente con un campamento ruinoso abandonado desde hacía tiempo.
Cercado por el enemigo, no tuvo Mancino otra opción que capitular. Los numantinos lo dejaron ir con sus 20.000 soldados bajo su palabra de honor de que conseguiría que le Senado confirmara la paz y reconociera su autonomía. Todos los oficiales del ejército comprometieron asimismo su palabra ante los dioses, entre ellos un tal hijo de T.S. Graco, que tan buen recuerdo había dejado en Celtiberia: era un joven cuestor de Tiberio Graco, en atención al cual los numantinos aceptaron el acuerdo. Tiberio era sobrino de Escipión el Africano y, a pesar de su noble cuna, se trataba de un hombre preocupado por la situación en que se hallaban todos aquellos campesinos desplazados, proletarios, pobres y desgraciados que nutrían el sector popular del partido democrático al cual pertenecía.
Fiel a su palabra y a sus convicciones personales, luchó cuanto pudo en Roma para que el Senado ratificase la paz acordada con los Numantinos. Pero Escipión, pariente suyo y, hasta entonces, buen amigo, se opuso radicalmente. Tiberio comprendió que nada tenía que hacer ante aquel hombre ambicioso ni ante su partido y que la ambición de la oligarquía formada por aristócratas y nuevos ricos carecía de escrúpulos cuando tenían a la vista el poder, el dinero y la gloria. Por ello se lanzó en cuerpo y alma por el camino de la revolución. Pero después moriría asesinado en un motín instigado por el propio Senado, él, que siendo Tribuno de la Plebe, era el jefe legal de la oposición y, como tal, inviolable. Así es la política y sus intereses.

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