31 mar 2014

LA GUERRA DE NUMANCIA: OLÓNICO EL VISIONARIO

En anteriores entradas ya hablamos de la insurrección celtibérica que tuvo lugar en los días en que Viriato ponía en jaque a los romanos desde su rocafuerte de Tucci. Desde los tiempos en que firmaron la paz con Marcelo (151 a. de C.), los celtíberos habían permanecido tranquilos; es más, habían colaborado con los romanos en la guerra contra los lusitanos, y tanto las ciudades celtibéricas como las vacceas se habían negado a prestar su apoyo a Viriato, que, por este motivo, los despreciaba como si fuesen esclavos de Roma.
Pero por entonces apareció en las tierras de los celtíberos un personaje, por nombre Olónico, que iba recorriendo el país inflamando los ánimos con sus palabras. Hablaba como un profeta; creía que los mismísimos dioses le habían destinado para salvar a su pueblo del yugo romano y le habían entregado, además, el símbolo para su misión: una lanza de plata venida del cielo.
Ni la impresionable psicología de aquellos pueblos ni la personalidad del arrebatado predicador parecen suficientes razones para explicar la adhesión masiva de los celtíberos a Olónico ni su rebelión unánime contra Roma. Más razonable parece buscar la explicación de aquel incipiente movimiento liberador en las tensiones sociales que había provocado y exacerbado la dominación romana. Despues de haber luchado durante años contra las armas, las rapiñas y la injusticia opresora de los romanos, los pueblos y clases oprimidas no podían menos que vivir anegadas por una profunda desesperación, en una desconfianza total hacia sus propias fuerzas, para romper las férreas cadenas que Roma les había echado encima. En tal situación, la única esperanza de salvación sólo podía provenir de un poder superior, ajeno al mismo ser humano, de los dioses nada menos. No sería éste el primero ni el último caso en que un movimiento religioso naciese precisamente en unas circunstancias semejantes. Conforme se endurecía y se afianzaba el poderío de Roma sobre todo el mundo mediterráneo, los pueblos sometidos y las clases más castigadas recurrirán con mayor frecuencia a este tipo de soluciones para sus desgracias. Pero no nos adelantaremos al ritmo de los acontecimientos. El hecho es que, enardecidos y fanatizados por Olónico, los celtíberos se levantaron contra Roma como un solo hombre. El cónsul Metelo, nada más llegar a la Citerior (143) recibió un día el anuncio de que un extraño visitante le pedía audiencia. Cuando lo tuvo ante sí, el desconocido se arrojó sobre él dispuesto a matarlo. Un centinela, oportunamente, lo atravesó de un lanzazo. El cadáver no tardó en ser identificado: era Olónico; su propio fanatismo lo había perdido. Su pueblo, al verse privado de su oráculo, buscó refugio en sus fortalezas, dispuesto a rechazar las represalias que los romanos no tardarían en tomar.

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