15 abr. 2014

HISPANIA ROMANA IV: PRIMERA LUCHA CONTRA LOS "MOROS"

Hablemos de lo que supuso Adriano, miembro de la dinastía Ulpio-Aelia y tercero de los "cinco emperadores buenos", así como segundo de los emperadores hispanos. Durante su principado, el Imperio alcanzó la mayor extensión territorial de su historia. Adriano destacó por su afición a la filosofía estoica y epicúrea.
Nació probablemente en Itálica, junto a la actual Sevilla, de madre gaditana, en el seno de una familia acomodada oriunda del Picebo (Italia) y establecida a fines del siglo III a. de C. Era sobrino segundo por línea materna de Trajano] quien, aunque nunca le nombró públicamente su heredero, le dio varias muestras de preferencia durante su reinado y, de acuerdo con lo manifestado por su esposa, Pompeia Plotina, lo declaró como tal momentos antes de morir.
Durante su Principado tuvo que dispensar de impuestos a varias provincias imperiales, entre ellas las hispánicas. Junto a esta prueba de recesión económica, tenemos otra que manifiesta hasta qué punto las provincias fueron cada vez más necesarias en la defensa del Imperio. Dada la poca combatividad de los itálicos hubo que recurrir, cada vez con más frecuencia, a conscripciones forzosas de soldados provinciales.
En tiempos de su sucesor, Antonino Pío, la mala situación económica de las ciudades vuelve a documentarse. El reinado de Marco Aurelio (161-180), emperador vástago de una familia andaluza (aunque no nacido en Hispania), repetidas epidemias diezmaron a la población. Al mismo tiempo, la presión de los bárbaros se dejó sentir sobre sus propias tierras. Los militares acudieron, frente al empuje de los invasores, a una solución semejante a la que, unos siglos antes, adoptaron los chinos para detener las invasiones de los Hunos (hacia el 200 a. de C.). Los romanos construyeron a lo largo de las fronteras más amenazadas los llamados "límites". En la frontera Rhin-Danubio se tendió una tupida cortina de campso atrincherados y muralllas. En el norte de Britannia se elevó un murallón de 125 km (todavía conservado en parte), que llegaba desde el Mar del Norte hasta el Mar de Irlanda. También estaba el lmes mauritano, que, desde la costa atlántica de Marruecos, pasaba por Marrakech y Fez hasta Orán. A lo largo de ella corría una carretera estratégica que permitía desplazar rápidamente las tropas de mayor peligro. El peligro, en este caso, venía de los mauros, es decir, de los "moros" (de ahí viene la palabra), gentes que, según nos relata Pausanías, "son la mayor parte de los libios independientes, nómadas y más difíciles de combatir que a los mismos escitas, porque no van sobre carros, sino a caballo, con sus mujeres".
Era frecuente que las tribus moras perforasen el limes y saquearan ciudades, a las que no quedaba otro remedio que organizar su propia defensa hasta que llegaban las tropas liberadoras romanas. En el 172, por ejemplo, los "moros" caen sobre el limes mauritano una vez más y lo hacen saltar en pedazos por diferentes puntos. Avanzaron hasta las ciudades portuarias, se apoderaron de los barcos romanos que encontraron, atravesaron el Estrecho de Gibraltar e invadieron la Bética. Málaga fue saqueada y su fortaleza destruída. Lo mismo ocurrió con otras muchas ciudades andaluzas. Para hacerles frente hubo que convertir la Bética en provincia Imperial, para que pudiesen actuar en ella los legados imperiales con sus ejércitos, y aún así, fue necesario desembarcar un ejército en África para que los mauros volviesen a su tierra. Desde entonces, un destacamento de la Legio Séptima Gémina se estableció en Itálica para proteger la llanura del río Betis y la zona del Estrecho contra posibles invasiones futuras.

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