14 abr. 2014

HISPANIA ROMANA III: PROLEGÓMENOS DE LA DECADENCIA

El Estado, por su parte, mientras volcaba todos sus desvelos sobre la burguesía, se desinteresaba por completo de la suerte de los trabajadores; atraídos por la cómoda vida de las ciudades, masas de campesinos se instalaron en ellas, pasando a engrosar las filas de un proletariado urbano, ocioso y parasitario, al que los poderes públicos trataron de contentar con frecuentes espectáculos y con repartos de víveres, e incluso, en ocasiones, de ropa. Las clases trabajadoras se empobrecían, pero como al mismo tiempo constituían el principal elemento consumidor de los productos industriales, la disminución de su poder adquisitivo repercutió desfavorablemente en el desarrollo del comercio y de la industria, agravando sobremanera el marasmo en que habían caído. Simultáneamente, el Estado necesitaba cada vez más dinero para atender a sus cuantiosos gastos: obras públicas, maquinaria burocrática, necesidades de policía interior y de defensa militar contra la presión de los pueblos fronterizos al Imperio... La presión fiscal, en consecuencia, se hizo cada vez más rígida y exigente.
La sociedad romana comenzaba a adquirir una nueva configuración: los privilegiados de la fortuna constituyeron una clase cerrada en sí misma, paralizada en su áurea mediocridad, insensible a los problemas de los desheredados, opuesta decididamente a la promoción de las clases inferiores. Éstas, por su parte, se cerraron cada vez más en su resentimiento entre resignado y amargo, se despreocuparon y desentendieron de la cosa pública con el mismo desinterés que mostraban hacia ella las clases superiores. Los honestiores y los humiliores comienzan a enfretnarse. En tales circunstancias, el Estado echa mano de la solución más simple y primitiva, la violencia aplicada a conseguir de unos y de otros lo que todos necesitaban para sobrevivir. El resultado fue la ruina del capitalismo urbano que desembocó en la catástrofe del siglo III.

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