5 feb. 2014

LOS MERCENARIOS DE CARTAGO SE REBELAN

Como ya hemos explicado previamente, el ejército cartaginés podría parecernos un instrumento capaz de un índice elevadísimo de eficacia, ya que se componía principalmente de profesionales de la guerra, especialistas cuidadosamente adiestrados en su oficio cuya potencia resultaba más que evidente cuando estaban acaudillados por un auténtico jefe. Ahora bien, la única razón capaz de mantener alta la moral de las tropas mercenarias era la esperanza de enriquecerse, de lo cual únicamente podían estar seguros cuando la victoria les sonreía, y esto ocurría, únicamente, cuando se mantenía la iniciativa en las operaciones bélicas y cuando las perspectivas de botín eran realmente aleccionadoras. Pero cuando la fortuna les era adversa, cuando se veían obligados a luchar desde posiciones defensivas, cuando el agotamiento propio o la bancarrota de sus contratistas les hacía temer el desastre, su moral caía a plomo y terminaban desertando o incluso pasándose a las filas del que llevaba las de ganar... al fin y al cabo eran profesionales.
Así, cuando Roma y Cartago firman la paz del 241 que daba por concluída la Primera Guerra Púnica, los jefes del ejército cartaginés que habían operado en Sicilia, temiendo que los mercenarios, descontentos, se rebelaran, organizaron un inteligente plan de evacuación consistente en enviar a Cartago pequeños contingentes de mercenarios. Allí se les pagaría según las menguadas posibilidades del erario de los vencidos y se les iría despidiendo a sus países de origen, tratando de evitar por todos los medios que sus más que previsibles protestas terminaran en una insurrección desproporcionada y calamitosa.
El Senado cartaginés, sin embargo, no veía las cosas del mismo modo. Los oligarcas pensaban que si los mercenarios se encontraban todos reunidos en un mismo lugar, sería posible convencerles de que renunciaran no sólo a los premios prometios, sino incluso a una parte del sueldo. Todo esto se tramaba, claro está, a espaldas de los eufóricos mercenarios que se las veían venir felices pensando en ser licenciados tras cobrar unas deudas que, en su imaginación, adquirían proporciones astronómicas.
Al final prevaleció el criterio de los oligarcas y cerca de 20.000 mercenarios desembarcados en África fueron concentrados en la fortaleza de Sicca. Ante ellos apareció Giscón para anunciarles que no había más remedio que resignarse al cobro diferido de los atrasos. Sobrevinieron entonces tumultuosas asambleas que, unidas a la diversidad de lenguas - porque los mercenarios procedían de muchos lugares a la vez - aumentaron la confusión más allá de lo predecible por el Senado. El furor llegó hasta el límite y estalló la rebelión. Un libio, un itálico y un galo se pusieron al frente de los insurrectos: enviaron correos a todos los pueblos sometidos por Cartago invitándoles a hacer leña, todos juntos, de un árbol que estaba a punto de caer del todo. Por todas partes se les acogió jubilosamente y se les ofreció apoyo. Llegaron refuerzos, víveres, armas, incluso joyas donadas por las mujeres. De este modo los mercenarios consiguieron, no sólo lo que Cartago les adeudaba, sino los fondos suficientes para financiar el asalto definitivo a Cartago, cuyo saqueo prometía unas ganancias mayores aún.
La ruina de la ciudad parecía decidida. De los territorios cartagineses en Iberia también llegaban malas noticias: la población indígena, apoyada por los régulos del país ibérico, se estaba levantando en armas contra los ocupantes. Los intereses de Cartago en Iberia se habían arruinado.
Sin embargo, la clase internacional de los propietarios de esclavos mostró, en estas circunstancias, una extraña solidaridad con Cartago. Roma y Siracusa, temiendo que el movimiento de emancipación de los súbditos de Cartago se extendiese a sus propios súbditos, no dudaron en apoyar a sus antiguos enemigos, llegando el Senado romano a prohibir a los pueblos itálicos cualquier tipo de comercio con los rebeldes, incitando, por el contrario, a que abastecieran a los cartagineses. Roma aceptó canjear los prisioneros cartagineses por los mercenarios romanos que Cartago tenía encarcelados en sus mazmorras. Hasta permitió que Cartago reclutase mercenarios en Italia.
En una situación tan crítica sólo un hombre era capaz de salvar la ciudad: el general Amílcar Barca, el mismo que había dirigido a los cartagineses en la última fase de la guerra contra Roma, el del busto que ilustra esta entrada. De él hablaremos extensamente en próximos artículos.

Para saber más puedes leer HISTORIA ANTIGUA DE LAS ESPAÑAS siguiendo este ENLACE (zona euro) o este otro ENLACE (resto del Mundo)

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