13 nov. 2013

EL MINISTRO CALOMARDE Y EL INICIO DEL CARLISMO

Vencidos los constitucionalistas, Fernando VII persiguió y castigó cruelmente a cuantos habían tomado parte en el gobierno durante el trienio constitucional, pero no con ello consiguió que cesaran las sublevaciones, siendo este segundo período absolutista tan turbulento como los anteriores.
Víctimas de esta sangrienta reacción fueron Riego y el Empecinado.  El cadáver de Riego, luego que fue desprendido de la horca, fue descuartizado, llevándose la cabeza a Cabezas de San Juan, uno de los cuartos a Sevilla, otro a la isla de León, otro a Málaga y otro quedando en Madrid, según pedía la acusación fiscal de la causa.
Al Empecinado se le sacó a la plaza encerrado en una jaula, donde fue apedreado por la multitud y posteriormente ahorcado entre horribles tormentos que aquí obviaremos.
En los últimos años del reinado de Fernando VII, a todos los graves problemas políticos planteados durante el mismo, hubo de añadirse otro más: el de la sucesión a la corona.
El que inspiraba y dirigía la política de terror era el ministro Francisco Tadeo Calomarde, favorito del rey.  Representaba Calomarde a la tendencia más retrógrada que había en el campo absolutista.  Pero no satisfecho todavía con tan desenfrenada reacción, el bando de los Apostólicos, que eran los absolutistas más intransigentes y exigían la restauración de la Inquisición, promovieron una insurrección que fue muy respaldada en Cataluña.
Finalmente vino a suavizar las cosas la reina María Cristina, cuarta esposa de Fernando VII, que desde el primer momento brilló en el trono y tuvo más simpatías que su esposo.
La reina Cristina fue la que abrió las puertas de España a todos los emigrados y se mostró propicia al fomento de la cultura nacional, debiéndose a su iniciativa la creación del Real Conservatorio de Música, con el apoyo del ministro López Ballesteros, el más liberal de los báculos del rey. A él se debe también la fundación de un mercado de efectos públicos que luego se convertiría en la Bolsa de Madrid.
Sin embargo, los literales, animados por el ejemplo de Francia, que acababa de arrojar del trono a Carlos X, tramaron conjuras que paralizaron el movimiento liberal iniciado por aquella joven reina, y costaron la vida a Manzanares y Torrijos en Málaga y a Mariana Pineda en Granada, junto con otras muchas víctimas.
Temiendo Fernando VII que las ideas revolucionarias cundieran por toda España, ordenó la clausura de las universidades.  Al cerrarlas, fundó la escuela de tauromaquia de Sevilla.
La real orden mandando establecerla está fechada el 29 de mayo de 1830 y va refrendada por López Ballesteros.  El maestro nombrado para dirigir la tal escuela fue Pedro Romero, celebérrimo matador de la época.
Conociendo Fernando VII el estado moral de España en los últimos momentos de su reinado, solía comparar éste, humorísticamente, con el contenido de una botella de cerveza:
-A esta botella -decía-, mi vida le sirve de tapón, el cual saltará con estrépito cuando yo muera.
Mientras tanto, había nacido la princesa Isabel.  Durante muchos años el rey no había tenido descendencia, siendo, en consecuencia, heredero del trono su hermano, el infante don Carlos.
Al nacer la princesa, su derecho a reinar fue discutido porque los reyes de la casa de Borbón habían introducido en España la ley Sálica.
Los dos bandos políticos existentes en España se agruparon alrededor de los presuntos herederos de la Corona.  Los tradicionalistas, partidarios del poder absoluto del rey y de las antiguas leyes y privilegios, al lado del infante don Carlos, y los liberales, partidarios de las nuevas doctrinas políticas importadas del extranjero, al lado de la niña Isabel y de su madre, María Cristina.
Para que pudiera reinar la princesa Isabel, su padre derogó la Ley Sálica poco antes de fallecer, el 29 de septiembre de 1833.
Con su muerte, "el príncipe borrón de nuestra historia", como lo llamó Espronceda; o "el chispero infame y manolo indecente", cual lo calificó Castelar, dejó a España en muy mala situación.  El astuto ministro Tadeo Calomarde el que le arrancó la firma para un decreto por el cual se restablecía la Ley Sálica.
Sin embargo, el decreto no llegó a ver la luz pública, porque a tiempo se descubrió el engaño. Enterada de lo sucedido una hermana de la reina Isabel, la infanta doña Carlota Joaquina, mujer de ánimo varonil (por ser sutiles), acudió al palacio real, convenciendo al moribundo monarca para que revocara tal decisión; y no contenta con esto, se dice que, después de entrar en la regia alcoba donde agonizaba el monarca, rompió ante Calomarde el codicilo y le asestó un sonoro bofetón en la cara.
Calomarde, acariciándose el rostro dolorido, se limitó a decir sonriendo:
-Señora, manos blancas no ofenden.
El breve tiempo que vivió después Fernando VII gobernó España la reina María Cristina en su nombre y en el de la heredera, la infanta Isabel.

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