5 nov. 2013

DESARROLLO DE LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA (II)

Los principales hechos de armas hasta la expulsión de los franceses fueron el combate de Ocaña, desastroso para los alzados; la batalla de Talavera, en 1810, ganada por Wellington y Cuesta; la pérdida de Badajoz, en cuyas murallas sucumbió el general Meracho, defensor de la plaza, y las acciones de Chiclana y Albuera, libradas respectivamente por Lardizábal y Castaños, en que el triunfo estuvo de parte de los españoles.
Sin embargo, la más famosa fue la batalla de los Arapiles, ganada por Wellington en los campos de Salamanca en 1812, el terrible "año del hambre", en que, por la devastación de los campos, faltaban ya las subsistencias.
Al año siguiente, 1813, ocurrieron los decisivos triunfos de Vitoria y San Marcial, poniendo término a esta gran epopeya.
Durante la guerra de la Independencia todos los españoles lucharon de todas las maneras posibles contra el invasor, sin distinción de clase, edad o sexo, empleando todos los medios a su alcance para acabar con los franceses. Así incluso el clero, secular como regular, tomó parte muy activa en esta lucha porque en ella veía conjuntamente amenazadas Patria y Religión.
Si en otras partes Napoleón Bonaparte no tuvo más que combatir contra los ejércitos, en España se encontró por enemigo a todo el pueblo; y esto es lo que explica la tenacidad de la lucha y su resultado satisfactorio.
El odio hacia los franceses era tal que inspiró esta famosa copla:

San Luis, rey de Francia, es
el que con Dios pudo tanto,
que, para que fuese santo,
le dispensó el ser francés.

Por su parte, el marqués de la Romana, en una de sus alocuciones afirmó:

"La presente guerra no es sólo del ejército; de de la nación entera, y nos obliga no sólo a tomar las armas, sino a ofrecer también nuestros bienes en aras de la Patria."

El mismo Napoleón lo reconoció así, diciendo, en una carta dirigida a su hermano José en 9 de septiembre de 1808, que era precisa una "energía extraordinaria con esa raza española tan inflexible e indomable".
Uno de los hechos que más genuinamente  revela el carácter popular de la guerra de la Independencia es la aparición de guerrilleros, denominados así porque formaban partidas sueltas o guerrillas para combatir sin tregua al invasor, atacando sus pequeños destacamentos.
El escritor lusitano Olivéira Martins refiere así sus impresiones al respecto:

"La guerra tomó un carácter primitivo, y los aguerridos batallones imperiales retrocedieron medrosos ante esas terribles guerrillas que hacían de cada roca un baluarte, de cada angostura una celada, de los pozos sepulcros y de las calles cementerios."

Los más famosos de estos heroicos e improvisados caudillos, muchos de los cuales figuraron luego en el ejército español como generales, fueron Espoz y Mina, el Empecinado y el Cura Merino, cuyas hazañas tuvieron por teatro el norte y el centro de la Península.

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