3 oct. 2013

ÚLTIMOS AÑOS DEL REINADO DE FELIPE IV

Las sublevaciones de Cataluña y Portugal causaron la ruina del conde-duque de Olivares, hasta el punto de que él mismo pidió retirarse del gobierno, siendo reemplazado por su pariente, don Luis de Haro.
El nuevo ministro, que si no fue una gran figura histórica, tampoco debe confundírsele con los favoritos ineptos, procuró atajar con acertadas reformas los males de España.
Pero cuando tocaba a su fin la insurrección de Cataluña, estalló otra en Nápoles, dirigida por el pescador Masaniello y apoyada abiertamente por Francia.El duque de Rivas, hace de Tomás Aniello, llamado por corrupción Masaniello, el siguiente retrato:

"Tenía 27 años de edad, aspecto agradable, ojos negros y de melancólica mirada, tez curtida por la intemperie, proporcionadas facciones, cabellos rubios y ensortijados, mediana estatura, gran agilidad, explicación fácil, aunque ignorantísimo, pensamientos elevados y generosa condición; y ganaba su mísera existencia vendiendo pescado por las calles de la ciudad."

Don Luis de Haro consiguió sofocar la rebelión de Nápoles y luego ajustó con Francia la Paz de los Pirineos, que fue garantizada por el casamiento de María Teresa, hija de Felipe IV, con su deudo el soberano francés Luis XIV.
Por dicha paz, firmada en la isla de los Faisanes, el año 1659, España perdía definitivamente el Rosellón y la Cerdaña, quedando sólo en su poder el pequeño territorio, enclavado en los Pirineos orientales, de Livia.
El gran pintor Diego de Velázquez, a quien se le deben los retratos de Felipe IV y toda su familia, murió a consecuencia de estas paces.  En su calidad de "aposentador" de la corte, se vio precisado a trasladarse a la frontera para preparar el alojamiento a las familias reales que habían de reunirse allí con objeto de entregar al monarca francés la princesa española.  El cansancio del viaje y los disgustos que le proporcionó el cargo que desempeñaba le ocasionaron una enfermedad que terminaría con su vida.
En medio de tantos reveses, la corte de España vivía entregada a frívolas diversiones, como si quisiera aturdirse con el bullicio de la fiesta para no oír los clamores de un pueblo que agonizaba.  Felipe IV era poeta, y mientras la gobernación del Estado andaba en manos de sus favoritos, él hacía o representaba comedias.  Se le atribuyen algunas que dicen en su portada: "Por un ingenio de esta corte".
Sus comedias se representaban en el Buen Retiro y en una hacienda que tenía el cardenal infante don Fernando cerca del real sitio del Pardo y que se conocía con el nombre de La Zarzuela.
En este sitio fue donde se pusieron en escena los primeros ensayos de un género de obra dramáticas en que alternaban el canto con el recitado.  Al parecer, la primera zarzuela se cantó en 1640 y llevaba el título de "El mayor encanto, amor".
Pero Felipe IV no fue insensible a los infortunios de la nación, pues la tristeza que le causaron aceleró su muerte.  Durante los últimos meses de su reinado, Felipe IV tuvo como consejera a una virtuosa religiosa llamada son María de Agreda, con la que sostuvo una interesante correspondencia sobre asuntos de Estado, recibiendo de la tal monja sabios consejos, como que cumpliera con su oficio de rey, sin lo cual no podría salvar su alma, "aunque fuera muy piadoso y creyente".
Plumas aduladoras dieron a Felipe IV el título de "Grande"; pero según un ingenioso escritor, sólo lo fue como los pozos profundos: "porque se le sacó mucha tierra".

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