1 oct. 2013

EL REY FELIPE IV

A la muerte de Felipe III le sucedió en el trono su hijo Felipe IV, que sólo contaba dieciséis años de edad.  Más inteligente que su padre y menos piadoso, el nuevo soberano siguió dedicándose a los placeres, deportes y diversiones de toda índole, dejando el gobierno a su favorito.
El elegido fue don Gaspar de Guzmán, conde-duque de Olivares.  Había nacido en Roma en 1587, donde estaba su padre de embajador; cursó leyes en Salamanca, de cuya universidad fue rector durante algún tiempo.  Bajo la protección del duque de Lerma entró en palacio al servicio del príncipe de Asturias, que luego sería Felipe IV (1621-1665), de quien obtuvo todo género de gracias y mercedes.
El conde-duque de Olivares era un hombre inteligente y ambicioso no exento de dotes de mando, pero sus buenas cualidades quedaron oscurecidas por sus graves defectos: el orgullo y la envidia, unidos a una protección desmedida de parientes y amigos que en ocasiones dieron lugar a grandes perjuicios para el Estado.
Uno de sus primeros trabajos fue condenar a muerte a don Rodrigo Calderón. La entereza o altivez con que éste se mostró en el cadalso, dio origen a una locución ya en desuso "tienes más orgullo que don Rodrigo en la horca".
Otro de los favoritos de Felipe III perseguido por Olivares fue el duque de Lerma, el cual fue condenado a permanecer en el destierro y a devolver al Estado grandes cantidades de dinero, como ya se dijo antes. 
Siguiendo el ejemplo de los grandes ministros de Francia y otros países, era partidario de la unificación política y administrativa de todos los territorios de la Península.
Impuso la creación de nuevos tributos para las guerras que proyectaba, ya que el pensamiento político de Olivares era recuperar la preeminencia perdida de España en el tablero internacional.
Entre las nuevas contribuciones se contaban: "la de las lanzas", que era un derecho sobre títulos nobiliarios; la de "las medias annatas", que consistía en la mitad de todos los sueldos por el primer año que se desempeñaba un destino; la del "fiel medidor", que gravaba los caldos en el acto de la venta; y la del "papel sellado", que se creó por decreto de 15 de diciembre de 1636.
Felipe IV, siguiendo el ejemplo de su padre, tomó parte en la guerra de los treinta años, en la que obtuvieron las armas españolas la victoria de Nordlnga, no renovando la tregua con los Países Bajos.  El resultado fue que, si bien  las tropas españolas dirigidas por el marqués de Spinola, se cubrieron de gloria con la rendición de Breda (1625), en cambio se perdió la batalla de Rocroy, y con ella la superioridad que hasta entonces había tenido la infantería.  Esta derrota, sufrida el 19 de mayo de 1643, constituye, sin embargo, una de las jornadas más gloriosas de los famosos tercios españoles, por el heroísmo que demostraron.
Se dice que, terminado el combate, un oficial francés que observaba el número de bajas de uno y otro ejército preguntó a un oficial español que yacía moribundo:
-Vuestro tercio, ¿de cuántos hombres se componía?
El español le contestó:
-Contad los muertos.
Al mismo tiempo que todas estas luchas, los holandeses arrebataban a España algunas colonias, a pesar del valor con que luchó contra sus escuadras el célebre marino Oquendo, hijo del que floreció en el reinado de Felipe II.
Don Antonio de Oquendo nació en San Sebastián en 1577 y murió en La Coruña en 1640.  Nombrado sucesivamente comandante de la escuadra del Cantábrico, general de los galeones y almirante de la escuadra del Océano, escarmentó a los holandeses, combatiéndolos más tarde y con más fortuna en Brasil y en la famosa batalla de las Dunas (1639), donde resistió con sólo la nave capitana a una escuadra entera.

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