8 oct. 2013

EL FIN DE LA CASA DE AUSTRIA

Carlos II resume en sus características físicas la decadencia de una monarquía: hombre leal y de buenas costumbres, carecía sin embargo de cultura y voluntad suficientes para dirigir un Estado.
Su única obligación, la de dar un sucesor a la Corona, le fue negada por la naturaleza.  Celebró su primer matrimonio a los dieciocho años, con María Luisa de Orleáns, hija del duque de este título y sobrina del rey Luis XIV de Francia.
Muerta prematuramente la joven reina, contrajo Carlos II segundas nupcias con Maria Ana de Neoburgo, hija del elector Felipe Guillermo y viuda del Elector Palatino, que a pesar dehaber sido elegida por sus antecedentes maternos de fecundidad, pues su madre había dado a luz 23 hijos, no se obtuvo la esperada descendencia.
Esta Ana de Neoburgo, mujer intrigante y liviana, fue retratada por Víctor Hugo en su famoso drama "Ruy Blas".  El padre Flórez en sus "Reinas Católicas" cuenta entre los favoritos de esta princesa a un músico llamado Mattencci, que había venido con ella a España, y el conde de Adeneso, a quien hizo ministro de Hacienda, y del cual, según parece, tuvo un hijo que figuró en la corte de Francia bajo los títulos de Conde Saint Germain y deMonferral, personaje misterioso denominado generalmente "el conde español que vivió siglos", por atrbuírsele una longevidad inverosímil.
Otros le dan por padre a este misterioso conde un banquero judío de Portugal.
Los dos enlaces de Carlos II no le habían proporcionado sucesión. La corona se hallaba por lo tanto, ya en vida del monarca, sujeta a la influencia de las potencias europeas, que no podían ver con indiferencia la ulterior liquidación de un imperio tan vasto.
Los pretendientes naturales a la sucesión española se distribuían entre las casas de Francia, Austria y Baviera.  La primera fundaba sus derechos en los casamientos de Luis XIII y Luis XIV con infantas españolas, y aunque éstas habían renunciado a la corona de España, se sostenía que no quedaban invalidados los derechos de sus sucesores.  Austria alegaba el matrimonio de Margarita II, hija de Felipe IV, con Leopoldo I de Alemania, de cuya rama eran herederos José Fernando de Baviera y su hermanastro el archiduque Carlos.
Otros pretendientes eran el duque Víctor Amadeo de Saboya, y el rey Pedro II de Portugal.
La corte española se convirtió desde este momento en un palenque de intrigas y aun tumultos populares.  Uno de éstos ocasionó la caída del conde Oropesa, que era partidario de la candidatura austríaca; mientras el principal mantenedor de la francesa era el cardenal Portocarrero.  Mas como el rey se inclinara a favor del pretendiente alemán, los representantes de las grandes potencias, reunidos en La Haya, se comprometieron a impedir que las dos ramas de la casa de Austria se juntasen, procediendo a repartirse los vastos dominios de la monarquía española, para posesionarse de ellos cuando falleciera Carlos II.
Mientras tanto, España, ya sin ejércitos ni escuadras sucumbía en las garras de una desastrosa administración, pues las camarillas más ambiciosas e ineptas dominaban en palacio, contentándose el pueblo con satirizarlas en gran número con libelos, caricaturas y pasquines clandestinos.
A este cuadro triste hay que agregar la figura descarnada y sombría del Rey Hechizado, que padeciendo ataques epilépticos, fue sometido a conjuros y exorcismos pues se llegó a pensar que estaba poseído por el demonio.  Estos exorcismos terminaron de minar sus escasas fuerzas.
Los que acogieron con más sencilla credulidad esta especie, muy extendida entre el vulgo de entonces y muy extendida luego por los cortesanos para fines políticos, fueron el inquisidor general Rocaberti y el padre Froilán Díaz, confesor del rey, los cuales consultaron sobre el caso a varios famosos exorcistas, entre ellos el alemán fray Muro de Tenda, que con sus remedios y conjuros acabó prácticamente con la vida del doliente Carlos II.  En tal situación de ánimo, y sin haber consultado a la nación, el rey "Hechizado" extendió su testamento, dejando todos sus estados, por consejo del Papa, a Felipe de Borbón, duque de Anjou y nieto de Luis XIV, muriendo el 1 de noviembre de 1700.
De suerte que la casa de Austria, después de luchar por espacio de dos siglos contra Francia, concluyó por entregar el cetro a un príncipe francés.

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