3 sept. 2013

LA ABDICACIÓN DE CARLOS I (I)

Todas sus luchas y necesidades de gobierno obligaron a Carlos V a permanecer  alejado de España durante largo tiempo.  A pesar de ello, ya se dijo que el soberano aprendió a querer a nuestro país, y éste fue el nervio y la base del imperio europeo del hijo de Juana la Loca.
Españoles fueron los más grandes generales del emperador y también sus mejores soldados, y de España, especialmente de Castilla, sacó la mayor parte de los recursos económicos.  Así quedó el país exhausto de hombres y dinero.  Durante sus prolongadas ausencias, solía gobernar como regente su esposa doña Isabel de Portugal, y, en los últimos años, su hijo Felipe, a quien dio una esmerada educación política y entrenó, bajo su sabia dirección, en el difícil arte de gobernar tan vastos dominios.
El suceso más importante acaecido dentro de la Península durante su reinado fue sin duda la sublevación de los moriscos valencianos, a consecuencia de una orden imperial por la que se les obligaba a cambiar de religión. Muchos se sometieron a la medida, pero algunos grupos se refugiaron en la abrupta sierra de Espadán (Castellón), en 1555, y hubieron de ser sometidos por las armas.
Carlos I llegó a ser dueño y señor de un poderoso imperio, puesto que a la dignidad imperial que le daba el poder, no muy sólido por cierto, sobre Alemania unió los estados patrimoniales de la casa de Austria, formados por los territorios de este nombre y los Países Bajos.  Como se sabe, además, rey de España y de sus posesiones en Italia y África y en su tiempo los españoles exploraron, conquistaron y colonizaron gran parte de América.
Durante su largo reinado (1517-1555) el emperador Carlos v dio pruebas de una actividad incansable.  Todavía nos asombra hoy el itinerario de sus constantes viajes; dirigió sus ejércitos en todos los momentos cumbres y gobernó por sí mismo, con gran talento, sus extensos dominios.
Al emperador le disgustaba sobremanera el triunfo del protestantismo y también los descalabros que acababa de sufrir en Francia, cuyo rey, Enrique II, continuaba las guerras de su padre Francisco I.
Aludiendo a dichos descalabros y a los pocos años del rey francés, decía Carlos V:

-Bien se conoce que la Fortuna es mujer, que gusta de los mozos y huye de lo viejos.

Los principales de estos desaciertos fueron los sufridos delante de Metz, cuya plaza no pudo rendir, y la derrota de Renty.
Al fin, sintiéndose fatigado y enfermo, y satisfecho, además, de la inteligencia y prudencia de su hijo Felipe, el emperador Carlos fue abdicando en él, sucesivamente, los Estados imperiales.
Primero Nápoles y Milán, con motivo del segundo matrimonio del príncipe.  Nueve años más tarde, en 1555, y en una emocionante ceremonia, cedió a su hijo su tierra natal, los Países Bajos, y al año siguiente, España y las Indias.
Algo después abdicaba también la soberanía de Alemania en su hermano Fernando. De este modo volvieron a separarse estas dos naciones cuya suerte había estado unida bajo el mismo cetro y en mal hora, por cierto, para España.
En efecto, nada tenía que hacer España en los países sujetos a la corona alemana.  Y sin embargo se vio obligada a sostener en ellos una larga serie de guerras, que distrajeron nuestras fuerzas de los puntos donde naturalmente debían emplearse, que eran Portugal, África y las colonias, consumiéndose estérilmente en el Rhin, el Elba y el Danubio la sangre y los tesoros de España.

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