2 sept. 2013

NO GOBIERNAN LOS PIES, SINO LA CABEZA

Los gastos abrumadores de tantas guerras habían dejado exhausto el tesoro del emperador.  Y necesitando éste nuevos recursos, acudió a España y reunió Cortes, primero en Valladolid y luego en Toledo, donde Carlos V proponía, para cubrir sus muchas deudas, el tributo llamado de la "Sisa", a cuya aprobación se resistió fuertemente la nobleza, pues gozaba de impunidad tributaria.  Y se cuenta que, enojado por ello el emperador, amenazó a don Íñigo López de Velasco, Condestable de Castilla, con arrojarlo por una ventana.  A lo cual replicó, sin alterarse, el magnate castellano:
-Mirarlo ha mejor Vuestra Majestad, que si bien soy pequeño, peso mucho.
Carlos V disolvió las Cortes, que desde entonces empezaron a decaer hasta convertirse en una institución puramente formal, sin vida propia, iniciativa ni prestigio.
Y para subsistir en algún modo a la representación nacional, creó el emperador diferente cuerpos consultivos, entre ellos la Real Cámara, el Consejo de Estado, el Consejo de Indias y el de Hacienda.
En 1536, el emperador Carlos V adoptó solemnemente la lengua española como lengua universal de la política, en su parlamento celebrado con el Papa Paulo III.  Ante Su Santidad comenzó a hablar en español para acusar gravemente a Fracisco I, rey de Francia.
Mas como el obispo Maçon se quejara de no entender esta lengua, el emperador le anunció, según refiere Brantôme:
-Señor obispo, entiéndame si quiere y no espere de mí otras palabras que las de mi lengua española, la cual es tan noble que merece ser sabida y entendida por toda la gente cristiana.
Carlos V solía decir:
-Los literatos me instruyen, los comerciantes me enriquecen y los grandes me despojan.
Sabido es que Francisco I de Francia fue el eterno enemigo del emperador.  Hechas las paces entre los dos reyes, después de que el francés estuviera prisionero en Madrid, el emperador quedó autorizado para poder atravesar Francia sin peligro, en lugar de dar un largo rodeo por mar para dirigirse a sus posesiones de Flandes.
Mas a su paso por tierras francesas, Carlos V llegó a saber -por una dama de palacio- que Francisco I, pese a su autorización, le apresaría apenas llegara a París, si no le entregaba el castillo de Milán.  Averiguada la intriga del monarca galo, sin parecer que le repugnaba, el emperador dio un despacho de su real mano en que decía a Antonio Laya, gobernador entonces de Lombardía:

"Entregaréis esa fortaleza a la persona que os pidiere, con esta cédula, su posesión, en nombre de Su Majestad Cristianísima, porque yo sólo quiero lo que quiere el rey mi primo y hermano."

Recibió el gallardo caudillo de Pavía la orden.  Y, hallándose confundido en su cumplimiento, por las malas consecuencias que seguirían a la corona de España, reparando en ello su mujer le dijo:
-No sé por qué dudáis, ya que esa carta no puede estar más clara.  ¿No dice el emperador que quiere lo mismo que el rey de Francia? Pues eso indica que Carlos V quiere para sí el castillo de Milán, y lo que os manda es que lo conservéis celosamente.
Consejo que Leyva siguió, y resultó tan útil, que a pocos días, fuera ya de peligro el césar español, le llegó correo urgente revocando la primera orden.
Triboulet, el famoso bufón de Francisco I, tenía la costumbre de escribir, en su libro de memorias, los nombres de todos los locos que encontraba.  Anotó en sus páginas el de Carlos V y pregunrándole Francisco I la razón de ello, contestó:
-Es porque se expone a atravesar Francia.
-¿Y si yo le dejase pasar sin causarle ningún daño? -inquirió el rey.
-Entonces borraría su nombre y pondría en su lugar el vuestro -contestó el bufón.
Finalmente, Carlos V arribó a París, siendo recibido apoteósicamente.  Durante una recepción perdió un anillo de gran valor que, encontrado por la bella duquesa de Étapes, trató de devolvérselo, a lo que repuso el emperador, regalándole la sortija:
-Está en manos demasiado hermosas para que yo lo recupere.
El 7 de enero de 1540 salió Carlos V de París en dirección a Flandes, para proseguir la lucha contra los protestantes.  Mientras se daba una batalla, estaba muy expuesto a los cañonazos enemigos, por lo que sus capitanes le rogaron que se retirase de aquel peligroso lugar.  A lo que el emperador contestó con maravillosa tranquilidad:
-¿Se ha visto alguna vez que un emperador haya sido alcanzado por una bala de cañón?
El reumatismo hacía padecer mucho al emperador.  Cierto día, al ver el conde de Bureu que el monarca se tambaleaba a causa de la gota, comentó:
-Majestad, el Imperio tiembla.
A lo que Carlos V contestó:
-Sabed que no gobiernan los pies, sino la cabeza.

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