25 sept 2013

HERENCIA DE FELIPE II

El imperio español en tiempos de Felipe II fue el mayor que ha conocido la Historia.  Sus dominios se extendían por los dos hemisferios. En Europa poseía la penínsla Ibérica, casi toda Italia (Nápoles, Milán, Cerdeña y Sicilia), varias provincias de Francia (Rosellón, la Cerdaña, el Franco-Condado y el condado de Artois) y los Países Bajos.  América le pertenecía casi en su totalidad. Las islas Canarias y otros archipiélagos africanos, así como muchas posesiones y fortalezas en todas las costas de este continente, especialmente en la costa norte, donde se reconocía su autoridad en los territorios de Orán, Túnez y Bujía y en las ciudades de Ceuta y Melilla.
Lo mismo sucedía en las costas del Océano Índico, en Insulindia (islas Filipinas y Molucas) y en toda la Oceanía conocida en aquel entonces.
Felipe II fue el padre de la idea monárquica española. Si la misión de su padre había sido el aumento de poder y riqueza matrimonial, como expresión corporal de un imperio al viejo estilo europeo y en cierto modo romano aún, la de su hijo sería dar a los Estados de su herencia ilimitada la conciencia de un único pueblo y de un solo ideal: España es la fe católica.
Felipe II daría un paso de gigante en la unificación de los antiguos reinos peninsulares, infundiéndoles un sentimiento superior:el sentimiento monárquico. Y conseguiría como ningún otro soberano que las heroicas empresas, victoriosas o no, -San Quintín, Lepanto, la Armada Invencible-, fueran vividas por el pueblo, no importa de qué antiguo reino, con verdadero sentimiento nacional.
Segregados los dominios imperiales, restaban a Felipe unos Estados más coherentes, producto de las tendencias imperialistas de Aragón y Castilla. Se sumaban, sin embargo, a los dominios que podríamos denominar "naturales" de esas dos coronas, los que don Carlos I había secesionado del imperio y atribuido a la rama española: los Países Bajos, el Franco Condado y el Milanesado.
Y sería a causa de estos territorios, ajenos ya a los intereses del nuevo imperio, sustancialmente español, que Felipe II se vería envuelto en una serie de guerras más o menos afortunadas.
Por lo que se refiere a la unión del soberano y el pueblo, diremos  que Felipe II no gozó nunca de popularidad.  En España rara vez la alcanza ningún rey.  Sus subditos le podían admirar, estimar y defender; pero siempre a distancia y de modo impersonal.
No obstante, bajo Felipe II, todo español sabía que ningún asunto que interesara a los súbditos, al pueblo, era indiferente al monarca y que ninguna cuestión, grande o pequeña, de su tiempo, pasaba  por su mente sin ser valorada por él.  Y es que su cerebro parecía abrazar con una especie de superioridad enciclopédica todas las manifestaciones de la actividad humana.  A su vez, el pueblo podía estar seguro de que el rey no haría jamás distinción entre su fortuna personal y la del país cuando se tratase de defender y conservar sus dos máximos bienes: la Religión y el Estado.
Bajo este aspecto, Felipe II fue indudablemente un verdadero rey.  Se ha querido echar sobre sus hombros la grave responsabilidad de la decadencia de España, notoria a fines de su reinado y continuada bajo sus sucesores.  Sin embargo podríamos sugerir que tal decadencia se había iniciado ya con Carlos V, puesto que por entonces la nación empezó a dar muestras de degeneración.  Más aún: puede afirmarse que durante una generación Felipe II  logró contener dicha decadencia gracias a su voluntad férrea y al trabajo enorme que se impuso.
Si Felipe II hubiera trabajado exclusivamente por fines temporales y materiales, habría tenido motivo para descorazonarse al final de su carrera. Pero la lucha por su ideal y la convicción absoluta de que combatía por fines superiores, le hicieron grande hasta en la desgracia.  Esta es la razón por la cual la historia debe considerar la constancia sin ejemplo de este rey, frecuentemente motejado de intolerancia y fanatismo, como la primera de sus cualidades.

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