10 jul. 2013

LOS COMUNEROS DE CASTILLA

Para dirigir las Comunidades, se instaló en Ávila una Junta, llamada Santa, que nombró general de las tropas comuneras al toledano Juan de Padilla y dirigió al rey don Carlos I un mensaje en que se exponían las aspiraciones del país.
A este documento dan muchos escritores en nombre de "Constitución de Ávila", por ver en ella el germen de los modernos códigos fundamentales que rigen las sociedades contemporáneas.
La Junta Santa se trasladó luego a Tordesillas, donde estaba doña Juana la Loca recluida, la cual, recobrando por un momento el juicio (si es que su enajenación no había sido una histeria transitoria o un trastorno compulsivo vinculado a su infelicidad matrimonial), oyó las quejas de los comuneros y puso su firma en los decretos de la Junta.
Sabedor de la revuelta de las comunidades, Carlos I reaccionó con habilidad y rapidez. Nombró adjuntos del regente para el gobierno de Castilla al condestable don Íñigo de Velasco y al almirante don Fadrique Enríquez, y halagando a la nobleza, con la creación de la "Grandeza de España" consiguió que ésta abandonase a los rebeldes comuneros ("divide y vencerás", dicen que dice el dicho).
Además, las envidias y ambiciones personales quebrantaron la unión de los sublevados, siendo nombrado nuevo jefe del ejército rebelde don Pedro Girón, retirándose Padilla a Toledo.
La impericia o traición de Girón determinó que los realistas se apoderasen de Tordesillas, y por lo tanto de la reina doña Juana, lo que quitó la sombra de legalidad y legitimidad a los comuneros, los cuales volvieron a llamar a Padilla para dirigir el ejército.
Puesto nuevamente al frente de los comuneros, Juan de Padilla alcanzó algunos éxitos, tomando Torrelobatón y preparándose para atacar de nuevo Tordesillas.  Sin embargo, los considerables refuerzos recibidos por los realistas le pusieron en trance de retirarse, siendo alcanzado y vencido junto al pueblo de Villalar (1521), donde fue hecho prisionero, juntamente con Juan Bravo, jefe de las milicias de Segovia, y Francisco Maldonado, de las de Salamanca.
Los tres jefes comuneros fueron decapitados en Villalar al pie del rollo de la villa el día 24 de abril de 1521. Cuando eral llevados al suplicio, Juan Bravo protestó enérgicamente contra el dictado de traidores que les daba el pregonero.  Éste iba delante de los reos, llevando la sentencia en una caña hendida, y lanzando a intervalos el pregón que decía:
-¡Ésta es la justicia que manda el rey nuestro Señor!
El noble Juan Padilla replicó:
-Ayer fue día de pelear como caballeros: hoy lo es de morir como cristianos.
Las ciudades castellanas, amedrentadas por aquel clamoroso desastre y estos castigos, fueron sometiéndose y abriendo sus puertas a las tropas del rey.  Sólo Toledo, cuya defensa dirigió la viuda de Padilla, doña María Pacheco, ayudada por el obispo Acuña, uno de los fogosos defensores de las Comunidades, osó resistir algún tiempo.
Vuelto Carlos I en 1522, concedió una carta de perdón general y aprendió a conocer y amar a España. Desde entonces fueron los españoles sus súbditos predilectos, no volviendo a infligirles agravios, respetando sus leyes y costumbres y separando de su lado a los extranjeros.

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