17 jun. 2013

TANTO MONTA, MONTA TANTO ISABEL COMO FERNANDO

Cuando la voz de los heraldos anunció a Castilla que Enrique IV el Impotente había muerto, fue proclamada reina su hermana Isabel I.  El fallecimiento de los monarcas era anunciado al pueblo por los heraldos o "reyes de armas", quienes repetían por tres veces el grito de "¡El rey ha muerto! ¡Viva el rey!", de donde nació el adagio "A rey muerto, rey puesto".
Al ser aclamado el nuevo monarca, se colocaba el pendón real en la torre del homenaje del alcázar regio: juraba él guardar y hacer guardar las leyes, fueros y costumbres del reino, y en seguida le tributaban pleitesía y homenaje los nobles, el clero y el estado llano, contemplándose la solemnidad con la "consagración". Tal era la costumbre.
Con el reinado de Isabel la Católica y Fernando de Aragón, conocidos con el nombre de "los Reyes Católicos", que llevaron a término la empresa de la Reconquista y la unificación nacional, comenzó en España la Edad Moderna.
Isabel la Católica, que estaba destinada a llevar la diadema de dos mundos, nació y se crió en la provincia de Ávila, pues aunque algunos la suponen hija de Madrid, consta que fue en Madrigal de  las Altas Torres donde nació en abril de 1451.
A la muerte de su padre, don Juan II de Castilla, fue conducida a la villa de Arévalo en compañía de su madre, doña Isabel de Portugal, la cual , viéndose desatendida de Enrique IV, perdió por completo su siempre débil juicio.
De suerte que los primeros años de Isabel la Católica transcurrieron en el mayor infortunio.  Diez años tenía cuando fue llamada a la Corte castellana, que no era a la sazón por la licencia que allí reinaba, buena escuela para una niña de su edad; pero ella se mantuvo inaccesible al influjo del mal ejemplo.
Por entonces se concertó su casamiento con el príncipe de Viana, y más tarde con el rey de Portugal y con don Pedro Girón. Mas ninguno de estos proyectados enlaces llegó a consumarse.  Y todo fue porque la princesa Isabel burló estos proyectos nupciales y concedió su mano al príncipe Fernando de Aragón, su primo, a pesar de la oposición de Enrique IV.
La boda de los Reyes Católicos se celebró en Valladolid, donde llegó secretamente don Fernando disfrazado de criado.  Dieciocho años contaba el príncipe aragonés en el instante de sus bodas, y era mozo inteligente, de facciones despejadas, poca estatura aunque recia complexión.  Fue un valiente soldado y el mejor diplomático de su tiempo (la obra "El Príncipe" de Maquiavelo está inspirada en su persona).
La princesa Isabel, un año mayor que su esposo, tenía también mediana estatura.  Según el cronista Hernando del Pulgar, era rubia, blanca de piel, de cara hermosa y alegre y con los ojos entre verdes y azules.
Doña Isabel  hablaba el castellano con elegancia y tuvo desde su juventud una gran afición a las letras.  Poco después de su boda se planteó entre los partidarios de ambos príncipes, Fernando e Isabel, el espinoso problema de resolver la parte que cada uno de ellos tendría en e gobierno. Don Fernando, educado en las costumbres y leyes de Aragón, que excluían del trono a las hembras, tentado estuvo, aconsejado por sus parciales, de pretender gobernar por sí solo.  Sin embargo, puesto el asunto en manos de una junta (Concordia de Segovia, en el año 1475) se acordó que don Fernando residiría en Castilla, reino que sería gobernado por ambos soberanos en común, ajuste que tuvo su símbolo en el haz de flechas unido por el yugo y la popular leyenda "Tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando".
Esta fórmula iba en todos los documentos e instrumentos públicos, así como las firmas, bustos y armas de los Reyes Católicos.

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