21 jun. 2013

LA EXPULSIÓN DE LOS JUDÍOS EN 1492

La capitulación firmada entre los Reyes Católicos y Boabdil para la entrega de Granada prometió a los granadinos la seguridad de sus personas y el respeto a la religión musulmana.  Mas, aunque la capitulación se cumplió, el arzobispo fray Hernando de Talavera y el cardenal Cisneros comenzaron una activa campaña para la conversión de los mahometanos.
Esto excitó a los fanáticos, que se sublevaron en el Albaicín, extendiéndose el levantamiento a Baeza y otras ciudades.  Los revoltosos se refugiaron en los territorios de las Alpujarras y en la serranía de Ronda, adonde tuvo que acudir el rey don Fernando para sofocar la sublevación.
Restablecida la paz en 1501, poco después se dictó una Pragmática en la que se ponía a los musulmanes en el trance de convertirse al cristianismo o salir de España.  Esto último fue lo que hicieron algunos, mientras que otros optaron por recibir el bautismo, siendo conocidos con el nombre de "moriscos".
Por el mismo real decreto se ordenaba a los judíos, muy numerosos entonces, que se convirtieran a la religión cristiana o que abandonasen el país.  Muchos de ellos también accedieron, pero casi medio millón marcharon a Turquía, Rumanía y Berbería principalmente, donde sus descendientes hablan todavía la lengua castellana.
No debe causar extrañeza ni ser objeto de censura por parte de los extranjeros que España, para realizar la magna obra de su unidad étnica y religiosa, se viera constreñida a decretar a finales del siglo XV la expulsión de los judíos.  En Francia, durante la Edad media, los desollaban vivos y los consideraban como bestias para el pago de portazgos; en Italia se les cortaba a pedazos de carne para que entregaran sus riquezas y en Alemania los cocían y arrojaban su carne a los perros, dándose a todo esto carácter legal.
En España los desmanes trataron de ser reprimidos por las autoridades, dándose incluso el caso de funcionarios que, como el condestable Iranzu, inmolaron su vida al furor de las turbas, por escudar a los perseguidos.  Muchos nobles tomaron las armas en su defensa, y muchos sacerdotes, imitando el ejemplo de San Vicente Ferrer, llamado "el Apóstol de los judíos", los salvaban administrándoles el bautismo.
Mientras permanecieron en España, los judíos habían habitado barrios segregados de la población cristiana denominados "juderías".  Ellos las llamaban "aldaias", de donde viene la palabra "aldea", que ya significa no solamente suburbio, sino también población alejada de los grandes centros de población.
En Roma los barrios judíos recibieron el nombre de "ghettos", muy parecido al de "chuletas" con que en las Baleares se designaba todavía en el siglo XX a los descendientes de judíos conversos.
Los judíos se gobernaban por sus leyes y bajo la autoridad de sus maestros rabinos.  Principalmente se dedicaban al comercio y a la enseñanza con una admirable organización pedagógica.  En sus grandes almacenes, llamados "alcanas", los judíos reunían todos los productos de Oriente y de Europa.  Tenían corresponsales en todos los países y empleaban ya las letras de cambio y demás procedimientos mercantiles que usamos en nuestros días.

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