5 jun. 2013

ALFONSO V EL AFRICANO Y LAS EXPEDICIONES PORTUGUESAS

A don Duarte le sucedió Alfonso V el Africano (1438-1481), llamado así  por los descubrimientos y conquistas que llevó a cabo en la costa de África, entre ellas la de Tánger.
Juan II (1481-1495) que heredó la corona continuó con éxito feliz estos viajes y exploraciones, a que tanta afición mostraban entonces los marinos lusitanos, y cuyo objeto era encontrar, costeando el África, el camino marítimo de la India.
La fortuna no tardó en favorecer a los audaces navegantes portugueses, pues Diego Cano descubrió el Congo y Bartolomé Díaz llegó hasta el extremo meridional africano, pues dobló el cabo de Buena Esperanza.
Es probable que Juan II hubiera gustoso ofrecido a Cristóbal Colón los medios de realizar sus planes, si los hombres de ciencia a quienes consultó no los hubiesen considerado irrealizables por completo.
Lo curioso del caso es que, en cambio, se autorizaban expediciones en busca del legendario Preste Juan de las Indias.
Como quiera que Juan II no dejó sucesión, fue llamado al trono, por ser el pariente más cercano, don Manuel I el Afortunado (1495-1521) en cuyo reinado el famoso Vasco de Gama llegó a las Indias Orientales, conquistadas luego por Almeida y Alburquerque.
Esta magna empres fue cantada por Luis Camoens (1525-1579). Por aquel mismo tiempo predicaba el Evangelio en aquellas tierras el español San Francisco Javier (1506-1552), llamado por eso "el Apóstol de las Indias".
Durante el gobierno de don Manuel I fue descubierto también el Brasil por Álvarez del Cabral, se expulsó a los judíos de Portugal e inició la Corte Real exploraciones árticas.
A la muerte de Manuel I heredó la corona su hijo Juan III (1521-1557), que logró ver llegar sus naves conducidas por Méndez Pinto, hasta las costas de Japón.  Juan III transmitió el cetro a su nieto Sebastíán I (1557-1578) que al intentar la conquista de África para extender por ella el Evangelio, murió en la batalla de Alcazalquivir.
Para preparar su espíritu a tal empresa, don Sebastián hizo una visita al santuario de la Virgen de Guadalupe. Y allí fue donde trató de disuadirle de tan arraigado intento su deudo el prudente monarca español Felipe II, quien al no poder conseguirlo, pronunció estas palabras, reveladoras de su intuición política:
-Dejadle, dejadle ir, que si él vence, buen yerno tendremos; y si es vencido, buen reino nos vendrá.
Luego se inventaron muchas fábulas sobre la misteriosa desaparición de don Sebastián en el combate de Alcazalquivir. Unos dijeron, como se dice de don Rodrigo en el Guadalete, que el monarca portugués sobrevivió a la derrota y anduvo largo tiempo haciendo penitencia.
De aquí una larga lista de impostores que intentaron pasar por el verdadero don Sebastián, entre los que se cuentan: Gabriel de Espinosa o "el Pastelero del Madrigal", natural de Toledo, a quien protegieron en su impostura, que pagó con la vida, fray Miguel de los Santos y la monja doña Ana, hija de don Juan de Austria y el calabrés Marco Tulio Garzón, que fue ahorcado en Sanlúcar de Barrameda con dos frailes cómplices de la superchería.
Aunque parezca extraño, el vulgo portugués cree todavía a don Sebastián escondido en la celda de un ermitaño, o tal vez en un castillo encantado, hasta que se presente de nuevo algún día para restaurar la gloria de su nación. Don Sebastián I no dejó sucesión, y entonces pasó la corona a su tío el cardenal don Enrique I (1578-1580), y a su muerte el reino de Portugal se incorporó al de España por Felipe II, pariente de aquel soberano.
Sin embargo, el pueblo portugués, no queriendo incorporarse a Castilla, proclamó rey al prior de Ocrato, lo que motivó una cruenta guerra que acabó con el triunfo de las armas españolas.

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