3 may. 2013

LOS INFANTES DE ARAGÓN ENTRAN EN ESCENA

Como en otras ocasiones en que la monarquía ha caído en distintas parcialidades, los más temibles eran los próximos parientes del rey.  Y en el caso que nos ocupa los primos del monarca don Juan II, especialmente don Enriqu y don Juan, hijos de Fernando de Antequera, a quienes, con otros hermanos, la Historia conoce con el nombre de "los Infantes de Aragón".
Don Enrique, titulado impropiamente marqués de Villena, pues no llegó a obtener tal dignidad, y don Juan, luego rey de Navarra, habían venido a Castilla acompañando a su hermana María de Aragón, primera mujer de Juan II, debiendo a esto la influencia que ejercieron en la corte castellana.
Los muchos y poderosos enemigos de don Álvaro de Luna consiguieron que el rey le desterrara de la corte, no sin haberse visto el monarca y su privado detenidos por la nobleza en Tordesillas y sufrido otros muchos desacatos de los magnates.
Don Pedro Fernández de Velasco -a quien sus contemporáneos llamaban "El Buen Conde de Haro"- escribió con el título de "Seguro de Tordesillas" una relación de los sucesos ocurridos en aquella villa y de las conferencias y pactos que celebraron el rey, don Álvaro y los nobles.
Y era tal la confianza que unos y otros tenían en el "Buen Conde", que le confirieron una especie de arbitraje para resolver el conflicto.
El resultado fue obtener el infante don Enrique la mano de doña Catalina, hermana del rey, llevándole en dote el marquesado de Villena.  Y éste fue el primer título de Marqués dado en Castilla.
Ocurrió otro día que habiéndose confabulado los magnates para dar muerte al rey don Juan I, libróle de ella el conde de Ribadeo, que, disfrazándose con las vestiduras del monarca, se entregó a los conjurados, quienes le cosieron a puñaladas...
En recuerdo de este trágico suceso, los reyes de España regalaban todos los años a los descendientes del conde de Ribadeo (luego duques de Hijar), el traje que vestían aquéllos el día de la Epifanía, que fue el de la inmolación voluntaria del generoso y leal magnate que dio su vida por salvar la voluble de don Juan II.
En vista de que los enemigos de Álvaro de Luna no se entendían, el rey llamó de nuevo al privado, cogiendo otra vez las riendas del poder y ganó a los moros la célebre batalla de la Higera o Sierra Elvira.
Dicha batalla se llamó así por una pequeña higuera que había en el lugar del combate y que sobrevivió al destrozo causado por los combatientes.  El condestable demostró en esta ocasión que sabía también manejar la espada y acaudillar ejércitos.  Pero esto mismo despertó más la envidia de los cortesanos, que otra vez consiguieron del débil Juan II nuevas órdenes, luego derrocadas, de destierro contra don Álvaro.
La privanza continuaba y durante años y años don Álvaro de Luna y no el rey Juan II gobernaba los Estados de Castilla y León.  Las intrigas, no obstante, proseguían y después de escaramuzas y traiciones, de deslealtades y levantamientos se arrancaba del monarca orden de un nuevo destierro contra el privado.
Por cuarta vez tornó don Álvaro de Luna a gobernar, y venció a los nobles levantiscos en el célebre combate de Olmedo.  Poco después, sin embargo, el rey Juan II, viudo de su primera mujer doña María de Aragón, pasado luego a segundas nupcias con doña Isabel, infanta de Portugal, "reina cruel y malvada e indigna engendradora de Isabel la Católica", a instancias de esta señora ordenó prisión contra el favorito.

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