22 may. 2013

JAIME I EL CONQUISTADOR

De nuevo, a la muerte de Pedro II cubrieron los horizontes de Aragón las tempestuosas nubes de una minoridad, la primera y única que tuvo aquella feliz monarquía, pues dicho monarca aragonés dejó un hijo pequeño que fue Jaime I el Conquistador (1213-1276) a quien sus tíos pretendían usurpar la corona.
Afortunadamente, el joven príncipe triunfó sobre ellos y comenzó a gobernar su reino, formando el plan de una gran empresa.  Jaime I quedó huérfano a los cinco años de edad y cautivo, además, en el sur de Francia, de los enemigos de su padre. Mas cuando algunos años más tarde consiguió su libertad, después de diversas peripecias que parecen una novela de aventuras, el joven rey comenzó a recorrer las ciudades y villas de sus reinos, atrayéndose la voluntad y apoyo de sus vasallos con inteligencia, serenidad y energía impropias de su corta edad.
Ya hombre, Jaime I inició sus grandes conquistas. Primero llevó a cabo la conquista de las islas Baleares, que la espada de Berenguer III tuvo por algún tiempo sujetas a Catalunya, pero que habían vuelto al poder de la morisma en la invasión de los almohades, quienes con sus piraterías dificultaban la navegación por el Mediterráneo.  Don Jaime, al frente de una poderosa escuadra de más de 150 naves, se apoderó sucesivamente de Mallorca (la "isla Dorada" de los árabes), Menorca y más tarde Ibiza, en rápida, pero dura conquista.  La expedición contra Ibiza no fue dirigida por el rey, sino por caudillos de sus tropas: el principal era Guillermo de Mongri, "sacristá de Girona".
En la repoblación de las islas Baleares predominó el elemento catalán, formándose de su lengua el dialecto mallorquín.
Animado por el buen éxito de su empresa, en la cual Jaime I se ganó el título de "Conquistador", un año después acometió la conquista del reino de Valencia.  Llegó a través de las montañas del Maestrazgo hasta el mar y, siguiendo luego la costa, puso sitio a la capital levantina.  Tomada la ciudad de Valencia en 1236, el resto de su reino cayó seguidamente en poder del rey de Aragón, que se apoderó también de Xátiva y Alcira, llegando hasta el puerto de Biar (Alicante), límite de los territorios que correspondía reconquistar al reino aragonés.
Efectivamente, cuando se perdió el temor a los árabes, los reyes de Aragón y Castilla firmaron el tratado de Cazola en 1179, por el que se señalaban las respectivas zonas de influencia de ambos reinos en los territorios musulmanes, tratado que había sido ratificado el año anterior a la conquista de Biar, en Almizra (año 1244) por los reyes Jaime I y Fernando el Santo.
Se cuenta que durante el tiempo que los cristianos tuvieron su campamento delante de Valencia, anidó en lo alto de la tienda del rey Jaime I una pareja de murciélagos a los que quisieron ahuyentar los soldados por creerlos de mal agüero. Pero el monarca aragonés no lo consintió, diciendo:

-El hecho extraño de anidar ahí estos animales que buscan siempre la oscuridad es de felices auspicios.

Y confirmados estos con la toma de la capital, el Conquistador añadió a los signos heráldicos de su escudo un murciélago ("rat penat" en lemosín) como recuerdo de tal suceso, narrado por el propio don Jaime en su "Crónica".

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