10 may. 2013

DEFENESTRACIÓN DE LA BELTRANEJA Y EL GUARDAINFANTES

El fallecimiento repentino del príncipe Alfnso dejó a los rebeldes sin jefe y sin bandera. Recurrieron entonces a la infanta Isabel, residente por entonces en Ávila. Mas cuando llegaron el arzobispo Carrillo y los nobles que le secundaban para ofrecer la corona a la joven princesa, ésta tenía trazada su línea de conducta:

-Agradezco vuestra oferta en lo mucho que vale -les dijo-. Sin embargo yo no puedo ni debo aceptar tan elevado puesto. Vive mi hermano Enrique, que es el legítimo rey de Castilloa, y yo no he de contribuir a perjudicarle lo más mínimo.

Los grandes se miraron consternados ante tan irreductible actitud. Al despedirlos, la infanta Isabel añadió:

- Si mi hermano don Enrique reconoce pública y solemnemente que "la Beltraneja" no es hija suya y me nombra a mí para sucederle, entonces volved en mi busca, que no he de desairaros.

Tales manifestaciones agradaron mucho a Enrique IV, que transigio de nuevo con los sediciosos, designando a su hermana Isabel por heredera del trono y suscribiendo la correspondiente declaración en el sitio llamado "Toros de Guisando".
Y aquí fue donde el rey do Enrique IV despojó a "la Beltraneja" del título de heredera al trono, jurando ante Dios y los hombres que aquella doncella no era hija suya, sino fruto de ilícitas relaciones de su adúltera esposa doña Juana.
Después de la lectura del documento real, ambos hermanos -Enrique IV e Isabel-, de hinojos, con la diestra sobre la cruz trazada en el pergamino de la estipulación, juraron cumplirla en todas sus partes para bien de Castilla.  Entretanto, el rey había cursado la siguiente orden bajo apercibimiento de que fuese cumplida inmediatamente.
"Que mi esposa doña Juana sea entregada al arzobispo de Sevilla, que bajo su guarda y responsabilidad debe tenerla".
Así se hizo. Sin pérdida de tiempo el mitrado sevillano condujo a la reina al castillo de Alaejos, provincia de Valladolid, donde permaneció varios años "tascando el freno". Se dice, sin embargo, que la hermosa y desaprensiva doña Juana no perdió en tiempo.
En efecto, tenía el arzobispo un sobrino, llamado don Pedro de astilla, a quien apellidaban "el Mozo", para no confundirle con su bisabuelo y homónimo, don Pedro I el Cruel, que desde el primer momento mostróse muy rendido galán con la reina. Las consecuenciasde su trato no son difíciles de suponer.
Durante el tiempo que permaneció en Valladolid, la ardiente doña Juana tuvo dos hijos con el apuesto galán, llamados don Apóstol y don Pedro.
Mas sucedió que Enrique IV, en una de sus regias ventoleras, disgustado de que su hermana Isabel hubiese contraído matrimonio con el infante don Fernando de Aragón, revocó el pacto firmado en "Toros de Guisando" y reconoció de nuevo por heredera del trono, a doña Juana "la Beltraneja". Además no se le ocurrió más que traer junto a si a su mujer, tantos años olvidada en Valladolid.
Doña Juana se hallaba entonces en período muy avanzado de una de sus gestaciones, y calculó, no sin razón, que al verla su esposo de tal guisa después de tanto tiempo de alejamiento, pudiera molestarse.  Por de pronto, entretuvo a los emisarios enviados en su busca con frases de sumisión a los deseos del monarca.
Y sin pérdida de tiempo preparó un indumento adecuado al disimulo de su ya indisimulable embarazo. Usó para ello un amplísimo vestido con superabundancia de madera y hierro, cosidos a la parte interior, formando una especie de jaula, cosidos a la parte inferior, que recibió desde el primer momento el nombre de guardainfantes.
Justo es reconocer que este modelo, ideado por doña Juana en 1467, pronto lo copiaron todas las damas dela corte, y más tarde por las "meninas"del siglo XVIIIa quienes se atribuye injustamente la fama de innovadoras de la moda.
En pleno siglo XIX la emperatriz Eugenia de Montijo resucitó el guardainfantes con la aparición del miriñaque, par disimular el embarazo del príncipe imperial.
Nada se sabe de lo que dijo don Enrique IV al ver de nuevo a su embarazada esposa. Pero, en cambio, sí que se conoce el comentario que hizo el apuesto don Beltrán de la Cueva al ver a su antigua amante:
-Ya no me gusta doña Juana. Siempre me pareció que tiene las piernas demasiado flacas.
Romanticismo al poder.

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