29 may. 2013

ALFONSO V EL MAGNÁNIMO

Don Fernando I con frecuencia disgustó a sus súbditos por el poco respeto que mostró a los fueros aragoneses.  Los catalanes recuerdan con orgullo a este respecto el acto de valor cívico realizado por el célebre Fillaver, uno de los Consellers de Barcelona en esta época.
Ocurrió que hallándose en la ciudad el rey don Fernando, su mayordomo se negó a pagar en el mercado un derecho impuesto a la carne, aprobando su conducta el monarca, que se consideraba exento de todo gravamen.  Entonces, el citado Fivaller se presentó al rey y le dijo:
-Señor, en Cataluña, como en Aragón, las leyes obligan al rey lo mismo que al último ciudadano, y debéis someteros a  ellas para dar ejemplo a vuestros súbditos.
Y así lo acabó reconociendo el monarca.
A su muerte le sucedió su hijo Alfonso V el Magnánimo (1416-1458), a quien la reina de Nápoles, Juana II, había instituido heredero de su reino.  Luego, sin embargo, arrepentida de ello, revocó el tratado. Y volvió a ratificar y a romper muchas veces este tratado, hasta que el rey de Aragón, colmada su paciencia, recurrió a las armas.
Cierto es que al principio fue vencido el rey y hasta hecho prisionero en la batalla naval de Ponza que inspiró al marqués de Santillana su famoso poema "La Comedieta de Ponza". Pero una vez recobrada la libertad, terminó por conquistar todo el reino de Nápoles.
Desde entonces esta gran porción de Italia  quedó unida a la poderosa nacionalidad aragonesa. Alfonso V, que residió en Nápoles gran parte de su vida, fue más bien un rey italiano que aragonés y, como su padre, tampoco fue muy respetuoso con ciertos puntos de las leyes de Aragón.
Merecen citarse a este propósito los privilegios otorgados a los nobles bajo el nombre de los "siete malos fueros" o malos usos, que pesaban sobre los payeses de Cataluña con todo el brutal imperio de la antigua servidumbre, importada a nuestro país por el feudalismo transpirenaico.
Fueron abolidos dichos malos fueros por Fernando el Católico en 1486.
El rey Alfonso V se distinguió por su amor a la cultura, dando asilo en sus Estados italianos a los súbditos bizantinos que huían de su patria, que por entonces estaba siendo conquistada por los turcos.  Durante el reinado de este monarca  terminó además el Gran Cisma de Occidente. Y al morir dividió sus estados, dejando el reino de Nápoles a su hijo Fernando, y el de Aragón, con Sicilia y Cerdeña, a su hermano Juan II (1458-1479), que era rey de Navarra.
Poco después su hijo Fernando casó con la princesa Isabel, hermana de Enrique IV de Castilla, preparando así la unión de este reino y el de Aragón, base y punto de partida para lograr la definitiva unidad política de España.


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