26 abr. 2013

LA CASA DE TRASTÁMARA

Con Enrique II el Fratricida (1369-1379) comienza a reinar en Castilla la Casa de Trastámara, en cuyo tiempo la gran obra nacional de la Reconquista queda casi interrumpida por completo.
No faltaron, sin embargo, hombres fieles a la causa de la legitimidad, como D. Martín López de Córdoba, que se hizo fuerte en Carmona con dos hijos de D. Pedro I el Cruel. Se llamaban Don Sancho y Don Diego, y los había tenido el rey con una dueña de su casa, natural de Almazán y llamada doña Isabel, que había sido nodriza de uno de los hijos de Doña María de Padilla. Además, el monarca, había dejado en Sevilla, según Ayala, "otros fijos que oviera de otras dueñas".
Con no menos brío que Carmona se resistió Zamora.  Y en ella se repitió la heroicidad de Guzmán el Bueno, aunque no ha sido tan divulgada por la tradición.
Ocurrió que los sitiadores de Zamora cogieron a tres hijos de Alfonso López de Tejada, uno de los principales defensores de dicha plaza. Y, habiéndole amenazado con darles muerte si no la entregaba, se negó a ello con inquebrantable resolución.  En vista de ello, los tres niños fueron bárbaramente degollados.
D. Martín López de Córdoba, defensor de Carmona, se rindió bajo ciertas condiciones, que luego no cumplió el nuevo rey, Don Enrique II el Bastardo; pues le hizo matar en Sevilla tras sufrir salvaje martirio.
A este respecto dice secamente la Crónica:

"El lunes, doce días del mes de julio de 1371, arrastraron a Martín López por toda Sevilla, e le cortaron pies e manos en la plaza de San Francisco, e le quemaron".

Se cuenta que, al ser arrastrado por las calles, le encontró Du Guesclin, que no pudo contener una exclamación de lástima, a lo que el martirizado le contestó que más valía morir leal, que vivir como un traidor.
La misma crueldad mostró Enrique II con los judíos de Toledo por haber permanecido fieles al rey don Pedro I: 12.000 de ellos fueron inmolados.  La corona, sin embargo, no la tenía muy segura el Fratricida, porque el rey de Portugal alegaba derechos al cetro de Castilla, y el Duque de Lancaster, que estaba casado con una hija de Don Pedro I el Cruel reclamaba en nombre de su mujer el usurpado trono.
En la guerra suscitada con tal motivo, habiendo invadido los castellanos el territorio portugués, hicieron prisionero en un combate al noble lusitano Nuño González, alcaide del castillo de Faria, el cual, temeroso de que los invasores intentaran rendir la fortaleza cuya custodia había confiado a un hijo suyo amenazándole con dar muerte al padre si no la entregaba, pidió que le llevaran a la puerta del castillo para ordenar a su hijo que se rindiera.
Mas, cuando fue puesto al habla con su hijo le ordenó:

-So pena de maldición no te entregues aunque a mí me martiricen y me den muerte ante tus ojos.

Todos quedaron asombrados de tanto valoro y lealtad; pero esto no impidió que efectivamente le quitaran la vida ante los muros del castillo de Faria.  Así era el espíritu de aquellos tiempos, el cual se revela también en el siguiente suceso ocurrido al comienzo de la misma guerra.
Habiendo sitiado Benavente los ingleses y portugueses, hallándose dentro de la plaza el entonces joven Ruy López Dávalos, que luego fue tercer Condestable de Castilla, y mereció que se le llamara "el Buen Condestable", éste, para evitar la efusión de sangre entre sitiadores y sitiados, propuso:

-Me batiré en singular combate con otro caballero cualquiera del campo enemigo. Pero pongo por condición que, de ser éste vencido, los suyos levantarán el cerco, y si lo soy yo, la plaza se rendirá.

Aceptado el reto y verificado el desafío, la victoria fue del animoso joven castellano López Dávalos.

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