3 feb. 2013

LA ARQUITECTURA DEL MONTE NARANCO

En pleno siglo IX el anónimo autor de la crónica asturiana A Sebastián manifestaba su admiración por los edificios del Naranco en los siguientes términos: si alguien quisiera ver un edificio similar a éste no lo hallara en España.   Desde entonces hasta nuestros días, estos monumentos, conocidos tradicionalmente como Santa María del Naranco, y San Miguel de Lillo (San Julián de Prados queda a las faldas del monte, ya en las afueras de la ciudad de Oviedo), no han dejado de causar admiración entre los estudiosos.  Hablar de ambos edificios, de su problemática arquitectónica, de su funcionalidad, del simbolismo de sus imágenes, etc., nos obliga a hacer unas consideraciones previas ubicándolos geográfica, histórica y cronológicamente.
Para ello, debemos situarnos en el siglo VIII, momento en el que la mayor parte de la Península se encuentra ocupada por la presencia musulmana.  Dejando a un lado las teorías que mantenían que la invasión islámica había constituido la frontera entre dos mundos irreconciliables, el Mundo Antiguo y la Alta Edad Media, al mismo tiempo que la justificación de la existencia de dos culturas antagónicas, la España cristiana al norte y la musulmana al sur, la tendencia de la historiografía actual  se dirige mayoritariamente a desdibujar categorías tan tajantes.  Esta considera que la realidad histórica fue mucho más complejo que lo que esta maniquea interpretación hacía sospechar.  en efecto, la invasión islámica no supuso para la población hispanorromana un cambio radical desde el punto de vista material o en el orden político.  La clase dirigente de la corte visigoda fue sustituida por otra musulmana sin que se produjeran grandes tensiones sociales.  Hubo sin embargo un grupo de disidentes de la nobleza visigoda no dispuestos a someterse a las normas dictadas por la hegemonía musulmana, que buscaron refugio en el norte de la Península.  En el transcurso de la octava centuria, este pequeño grupo de resistencia acabará por constituirse en el germen de los futuros reinos peninsulares.
Es precisamente este marco histórico el que servirá de escenario para el nacimiento del reino altomedieval de Asturias.  Un joven reino que tendrá que esperar, sin embargo, hasta fines del siglo para constituirse ya como un verdadero Estado.  Con Alfonso II se fija la capitalidad en Oviedo y, al mismo tiempo, comienza a forjarse, de la mano de una minoría intelectualizada del estamento clerical, toda una teoría que define al nuevo Estado, lo organiza y, sobre todo, lo legitima en la figura de un príncipe.  El reinado de Alfonso III supone el período de mayor plenitud del reino, iniciándose en torno al año 900 la expansión territorial hacia la frontera del Duero.  Este hecho lleva sin embargo implícito el fin de la monarquía asturiana.  Su hijo y sucesor, García, trasladará la capital de Oviedo a León, dando así origen a la dinastía astur-leonesa.
La nueva monarquía, nacida como consecuencia de las circunstancias históricas descritas, se fundamenta ideológicamente en el principio de restauración de la idealizad monarquía visigoda, de quien se consideran sus más legítimos sucesores, y encuentra su más expresiva formulación en la figura de Alfonso II.  Un corto pasaje de la Crónica Albedense sintetiza a la perfección el afán de restauración neogoticista que inspiró toda la obra  del monarca: estableció en Oviedo, tanto en el orden eclesiástico como en el palatino,toda la organización de los godos, tal como había existido en Toledo.
Este escenario servirá de marco para configurar un arte de singular importancia que Jovellanos, gran asturiano y gijonés emérito,en su Elogio a D. Ventura Rodríguez (1788),refiriéndose a estas realizaciones arquitectónicas denomina con mucho gusto, y no sin buena razón arquitectura asturiana.  El llamado arte asturiano abarca básicamente los siglos VIII y IX, y sus principales realizaciones artísticas se deben a la importante labor de patronazgo llevada a cabo por tres significativos monarcas: Alfonso II (791-842), Ramiro I (842-850) y Alfonso III (866-910).  Estos tres reinados han sido considerados por los historiadores como períodos con características bien diferenciadas, tanto en el orden político como en el terreno artístico. Aunque es evidente que cada una de estas etapas presenta connotaciones propias, sin embargo, a lo largo de todas ellas se observa una gran unidad dentro de una tradición que caracteriza la cultura hispana de época goda.

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