4 feb. 2013

ABDERRAMÁN III

Cuando Abderramán III (917-961) sucede en el trono a su abuelo Abdaláh, el estado árabe español se encontraba en una situación lamentable.  Pero este joven y esforzado príncipe consiguió no obstante elevarlo al mayor esplendor y poder que nunca tuvo ni tendría.
Abderramán III comenzó por someter a todos los musulmanes que en España y el Magreb se habían emancipado del Imperio cordobés; luego, y como en aquella época los pequeños reinos cristianos que se había formado en el norte de la Península habían alcanzado ya bastante desarrollo, se propuso destruirlos.  En el 920 derrotó a Sancho Garcés I, de Navarra, y a Ordoño II, hijo y sucesor de Alfonso III el Magno, que había trasladado la capital de Oviedo a León, en la famosa batalla de Valdejunquera.  Habiendo caído prisionero en esta batalla Hermogio, obispo de Tuy, recobró la libertad dejando en rehenes a su sobrino Pelayo, joven de 10 años, que sufrió el martirio en Córdoba por orden expresa de Abderramán III, encolerizado-según la leyenda- de no haber podido corromper la fe de aquel niño.
Pero no todo fueron victorias.  En el 939 el enérgico monarca leonés Ramiro II venció a los musulmanes en los encuentros de San Esteban de Gormaz, Simancas y Alhandega.
En la cumbre de su grandeza, Abderramán III se hizo proclamar califa, esto es, jefe supremo religioso de los musulmanes de sus reinos.  Así rompía el lazo último que todavía hacía depender a los musulmanes españoles de Bagdad.  Una vez en paz sus estados y dueño de inmensos territorios, Abderramán se dedicó a fomentar el esplendor cultural de su reino.  Todos los soberanos extranjeros se disputaban su amistad y le enviaban embajadas.  Bien pronto Córdoba llegó a ser tan populosa y magnífica como la misma Bagdad.  Su vecindario ascendió a medio millón de habitantes, y la ciudad se llenó de palacios suntuosos, soberbias mezquitas, copiosas bibliotecas y famosas escuelas o madrisas, donde enseñaban los hombres más doctos de la época.
No contento con esto, Abderramán III mandó construir a una legua de Córdoba una ciudad para su recreo, que llamó Medina-Zahara, en honor de su esposa favorita.
Abderramán III fue, sin duda, uno de los mortales más halagados de la fortuna.  Sin embargo, dice uno de sus cronistas que, al morir, escribió estas palabras:

"He reinado cincuenta años, y mi reinado ha sido siempre pacífico o victorioso.  Amado de mis pueblos, respetado de los príncipes más poderosos de la Tierra, he tenido cuanto pudiera desear: poder, honores, riquezas y placeres; pero he contado escrupulosamente los días que he gustado de una felicidad sin amargura, y sólo he tenido catorce en mi larga vida."

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