21 dic. 2012

LAS VILLAS ROMANAS (VI):HALLAZGOS Y CONCLUSIONES EN HISPANIA

Hispania fue un país con una densa población rural en época romana, y el número de villas halladas es abundante, siendo su grado de riqueza considerable, sólo comparable a las de la misma Italia o a las encontradas en los alrededores de Lyon (Francia).  No obstante, las villas hispanas cuentan con características que las diferencian del resto.
La tipología arquitectónica varía sensiblemente, si bien predomina la forma de construcción mediterránea con habitaciones dispuestas en torno a un patio central columnado o peristilo, rodeado por cuatro pasillos, generalmente cubiertos con musivaria.  Este tipo de estructura se adapta bastante bien a los distintos climas hispanos, y presenta la ventaja de ser muy flexible, permitiendo la disposición de salas de distintos tamaños, adaptadas a diferentes finalidades y usos, y el progresivo añadido de cuerpos diferentes de edificaciones, a veces duplicando el patio original mediante la construcción de otro cuerpo de edificio ordenado en torno a un segundo peristilo.
Es imposible referirse a los usos de las habitaciones sin conocer previamente el uso del conjunto  Su la construcción se realizó o remodeló finalmente para servir como residencia de un rico propietario, las necesidades domésticas del edificio deben mostrarse en la disposición de la planta: por ejemplo, cabe esperar reconocer el oecus o gran salón o habitación de recepción de la casa; el triclinio o comedor, los cubículos o dormitorios y otros espacios reconocibles.
Sin embargo, por extraño que parezca, muchos espacios arquitectónicos conocidos como villas no responden a una tipología más o menos asimilable a la requerida por el uso de una casa romana.  Ello ha provocado que algunos arqueólogos inventen nombres para espacios no conocidos por los textos: por ejemplo, el de oecus-triclinio referido a una habitación de grandes dimensiones susceptible de ser utilizada de modo ambivalente.  En otras ocasiones, el ansia de conocer el uso ha llevado a forzar la interpretación.
Cabe destacar que algunas cillas se construyeron o remodelaron como residencias de propietarios: por ejemplo las villas de Rielves o Carranque (Toledo) o Las tiendas (Mérida).  Presentan todas ellas coherencia en la forma y disposición de las estancias, ordenadas orgánicamente en torno a un espacio central descubierto; la iconografía de sus mosaicos guarda relación con el probable uso de las salas que decoraban y los hallazgos de muebles apoyan esta interpretación.  En otros casos, los restos, así como la iconografía de los elementos decorativos hallados hacen dudar seriamente de que el destino principal para el que fueron realizadas o remodeladas fuese el de ser viviendas de sus propietarios.
Muchos investigadores tienen serias y razonables dudas de que la existencia de una clase de señores latifundiarios prefeudales pueda explicar coherentemente el fenómeno arquitectónico de las villas.  Sirva de ejemplo que estas villas se desarrollan fundamentalmente en torno a lugares de culto, que muchas de ellas son precisamente templos, especialmente un buen número de las más importantes y mejor conocidas.  Pero aquí caben algunas puntualizaciones previas sobre la naturaleza de los cultos de origen oriental que durante los siglos II al IV d.C. se habían extendido extraordinariamente por toda la parte occidental del Imperio. Por la naturaleza mística de sus doctrinas, estas religiones requerían unos espacios litúrgicos diferentes de los templos clásicos, y la transformación de los espacios cobra un largo desarrollo en los distintos lugares del orbe romano.  Es imprescindible tener en consideración la naturaleza ocultista de estas religiones, cuyos ritos estaban velados por la imposición de silencio a sus iniciados.  Lo que de ellos nos ha llegado lo ha hecho a través de sus detractores, lo que no es una fuente precisamente buena, a saber escritores cristianos como Orígenes, Prudencio, Fírmico Materno, Agustín, etc...  Los cultos de Isis, Osiris, Magna Mater, Attis, Mitra, Dionisos, y muchos otros, vinieron a añadirse, en distintos momentos, a los de Eleusis y samotracia, que se hallaban bien arraigados en el mundo griego y romano.  Durante el siglo IV, al sincretismo absolutamente extendido de estos dioses con los del panteón olímpico, vienen a unirse los efectos de la transformación de muchas deidades olímpicas, que ven resucitados algunos de sus olvidados rasgos originales y se presentan reforzados espiritualmente por unos cultos propios basados en el misterio.  A este panorama complejo hay que sumar la naturaleza y el influjo de otras religiones orientales, el cristianismo y el judaísmo, que en este momento tienen un nada despreciable componente mistérico, y que se hallan desgranadas a su vez en numerosas sectas gnósticas, más o menos heréticas.
Todo esto lleva a que el templo tradicional deje paso a una variadísima serie de estancias adaptadas a las nuevas necesidades litúrgicas, del mismo modo que las creencias en los dioses del panteón olímpico se iban retirando en favor de las divinidades de características más acordes con las aspiraciones y sentimientos religiosos de las gentes. La religión tradicional se debatía en una lucha con las nuevas tendencias y muy especialmente contra el cristianismo; pero antes de la derrota final, como sabemos, asistirá durante los últimos tiempos a una profunda renovación que tuvo consecuencias arqueológicas para nosotros.
De ahí que muchos edificios conocidos como villas sean en realidad templos.  La dificultad consiste en identificar los cultos en ellos realizados o el reconocimiento de los espacios rituales.

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