7 dic. 2012

LA RESISTENCIA A LA OPRESIÓN ROMANA (II): VIRIATO.

Cierto día, el pretor Galba engañó con falsas promesas a los lusitanos para que depusieran las armas y luego cayó sobre ellos acuchillando a cuantos pudo.
Viriato, un joven pastor que procedía de la montaña fue uno de los pocos que se salvaron de aquella matanza.  y como reunía las condiciones militares para el caudillaje, reunió algunos compañeros decididos para castigar la perfidia romana.  Comenzaba la guerra de guerrillas.  No tardó en conseguirlo derrotando y dando muerte al pretor Vetilio. Luego encerró al cónsul Serviliano en la garganta sin salida de un monte próximo a Erisana, y le obligó a firmar un tratado de paz humillante para Roma, que Roma no tuvo más remedio que ratificar.
Viriato iba cobrando cada vez más relevancia.  Por fin y en vista de la dificultad de someterle, el cónsul Servilio Cepión recurrió a la alevosa tradición romana.  Y en efecto, sobornó a tres de los compañeros de Viriato, quienes lo apuñalaron mientras dormía en su tienda.
Los nombres de los traidores los ha recogido la historia para entregarlos a la execración eterna (tal es el sino que marcan los pueblos vencedores en la historia que ellos mismos borran y reescriben).  Fueron Alauco, Ditalcón y Minuro.  El pretor romano se negó después a abonarles el justiprecio del crimen cometido alegando que Roma no paga traidores.  Así fue la vida y muerte de Viriato, a quienes  los propios historiadores romanos tildaron de "bandolero".  Lo cierto es que Viriato fue el primero y más glorioso de tantos guerrilleros como ha tenido España en sus luchas de independencia, de ahí su leyenda.  Fue además un hombre extraordinario, pues elevándose a la idea del patriotismo sobre los estrechos límites regionales y tribales, intentó alzar a toda Hispania contra Roma.  Por todo ello su memoria se vio desagraviada y enaltecida a partes iguales, pues su heroísmo queda fuera de toda duda.
Los autores romanos ya habían afirmado que Indíbil y Mandonio eran unos "capitanes del adrones", que iban sólo a saquear y destruir los pueblos vecinos.  Pero esos mismos historiadores no pudieron menos que hacer justicia a las relevantes prendas de Viriato y referir de él que repartía el botín entre los suyos sin reservarse nada para sí, que en la fortuna no se engrió, pues ni cambió de vestidos ni mejoró su mesa; que despreció la dote de su mujer, que era rica, y el mismo día de sus nupcias se la llevó consigo a las montañas.
Y mientras los demás guerrilleros se encerraron en su comarca natal, Viriato convirtió en teatro de sus hazañas casi toda la península.  Derrotó a Plaucio en Évora, a Vetilio en Tríbola (Teruel), a Emiliano en Urso (Osuna), a Negidio en Visco, a Unúmano en Ourique y a Serviliano en Erisana.
El romanticismo decimonónico encumbró a Viriato hasta el nivel de "guerrillero ideal", el hombre que en los momentos de peligro surge para salvar el honor y la independencia, al mismo nivel que el Cid, Bernardo o el Empecinado.

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