29 nov. 2012

ARTE RUPESTRE AMERICANO (y V)

Al otro lado de la cordillera andina se encuentran conjuntos parangonables a los chilenos (aunque faltan los geoglifos).  El arte rupestre de Argentina ha sido muy bien estudiado y por ello podemos aludir a dos grandes áreas en las que este arte puede distribuirse: los cazadores de la Patagonia y los agricultores andinos, con dos áreas de transición entre ambas, una andina-patagónica y otra pampeano-patagónica.
En Patagonia se distinguen tres regiones: septentrional (desde río Negro hasta Chubut), central (entre los ríos Chubut y Santa Cruz) y meridional (desde el río Santa Cruz hasta el Estrecho de Magallanes).  En este amplio territorio, lo más antiguo que encontramos son las manos y las representaciones de guanacos de los sitios de Río Pinturas.  Los autores de este arte son gentes de la cultura Toldense.  El estilo siguiente corresponde a la cultura Casapedrense, que se expresa con pinturas de figuras aisladas de guanacos -a veces difíciles de distinguir de los de la etapa anterior)- y negativos de manos.  Durante 2000 años (6500 a 4500 a.C.) conviven las dos tradiciones citadas, con clara tendencia al esquematismo en sus biomorfos y con figura geométricas simples. Hay luego un vacío de unos mil años, tras el que surge el arte Patagoniense, con grabados curvilíneos, zoomorfos poco determinados y "pisadas".  A partir del 700 d.C., los Tehuelches producen una pintura geométrica ornamental de gran complicación (grecas, zig-zags, rombos, triángulos, rectángulos y cruciformes combinados entre sí y formando laberintos).  Este estilo perdura hasta tiempos recientes en el arte del "quillango", una manta decorada confeccionada con pieles de guanacos.
En la zona angina de Argentina el arte rupestre se concentra en las provincias de Mendoza y San Juan, con notables extensiones a la Puna y a los valles y quebradas del noroeste.  Seguramente el lugar más antiguo de esta zona estaría en la Inca-Cueva (Jujuy, departamento de Humahuaca) que contiene yacimientos al aire libre, en cueva y en abrigo, situados entre 3700 y 4000 metros de altitud.  En sus pinturas se distinguen varias series de motivos: trazos verticales paralelos, antropomorfos esquemáticos en pequeños grupos, formando escenas de lucha y de caza (camélidos, ñandúes, cérvidos) y grandes círculos blancos (siendo los otros colores utilizados el rojo y el negro).  Este arte se ha atribuido a un Precerámico final (hacia el 2000 a.C.), pero hay que advertir que en la cueva principal hay un nivel con puntas de Ayampitín.  Además, la cueva número 4 proporcionó vestigios de una estructura de habitación con puntas bifaciales triangulares (3300 a.C.).  Pero aún de más interés es la cueva número 7, con un complejo contenido en el que, para el caso, hay que subrayar los vestigios de plantas alucinógenas y que podría ser un santuario chamánico.  Su datación coincide con la atribuida a las pinturas.
El período agroalfarero de la cultura de Tafí (desde el 300 a.C.) posee un arte con muchos grabados representando máscaras o figuras humanoides, por ejemplo en La Ovejería (San Pedro de Colalao).  En la cultura Condorhuasi, se representan cabezas rectangulares rodeadas de un gran semicírculo, a modo de aureola, que forman el estilo de máscaras (con paralelos del mismo estilo en Ovalle, Chile, atribuidas a la Cultura de El Molle).  Un ejemplo muy tardío del mismo sería El Tunduqueral de Uspallata, al norte de Mendoza, que podría fecharse en torno a los siglos VII-IX de nuestra era.
Otros círculos culturales u horizontes, como los de La Ciénaga, La Aguada, Talampaya, etc... poseen también un arte de pinturas y grabados.  Muchos de ellos son inmediatos o posteriores a la llegada de los conquistadores.  Tal es el caso del notable conjunto de Cerros Colorados (Córdoba) que contiene representaciones de jinetes.

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