8 oct. 2012

LA SUCESIÓN DE FRANCISCO FRANCO Y EL FUTURO DEL RÉGIMEN (III)

La enfermedad de Franco era irreversible.  En el desfile de la Victoria de 1972 hubo que mantenerlo rígido artificialmente, inclinado hacia atrás sobre un bastón sillín, como los usados por los cazadores, oculto tras la tribuna, para que diera la impresión de que se mantenía en pie. El Caudillo se desmoronaba.  Las cámaras de televisión tenían órdenes de no tomar planos cortos del Caudillo y de centrarse en la retransmisión del acontecimiento.
El Generalísimo se dormía en los consejos de ministros, y cuando se tomaban las grandes decisiones políticas estaba "ausente".  Pero el viejo dictador no quería abandonar y trataba de dirigir el país en sus escasos momentos de lucidez.  Sin embargo, otros tomaban las decisiones por él.  Carrero Blanco, vicepresidente del Gobierno, se veía obligado a asumir, a menudo, las funciones de presidente, y hasta de Jefe de Estado.  El almirante Carrero era una prolongación de Franco, un político juramentado con los principios del Régimen, un militar convencido de su "misión", un miembro destacado del Opus Dei y un dique para la llegada de las libertades.  Llegó un momento en el que Franco era él.
En 1972 ya no existía un Gobierno, sino tan sólo un grupo de ministros que, en torno a Carrero Blanco, tenían que suplir las limitaciones del jefe del Estado.  Eran el muro que obstaculizaba el aperturismo político, que renegaba de las asociaciones y partidos políticos y que tenía la guerra declarada al comunismo.
Los monárquicos presentían que el príncipe don Juan Carlos podía ser una marioneta en sus manos.  Al fin y al cabo era un hombre creado a la sombra del dictador que había adquirido vida propia y que resultaba extemporáneo.
En una conversación privada con Torcuato Fernández Miranda, Carrero Blanco describía así el estado del Caudillo: "Hay días en que apenas habla.  Escucha, pero no dice nada, o dice muy poco.  Antes escuchaba mucho, preguntaba... Ahora parece que no le gusta que le planteen problemas."
El aparente desinterés de Franco era fruto de su propia enfermedad.  La medicación contra el parkinson era fortísima y con importantes efectos secundarios.  Ella era la causante de sus "ausencias".  Cuando la enfermedad avanza, los afectados parece que centran todos sus esfuerzos en mantenerse vivos, en simular que "están", a pesar de que ya no son conscientes de muchas de las cosas que ocurren a su alrededor.
Nadie dudaba ya de que el Régimen se acababa.  Por eso la anunciada boda entre don Alfonso de Borbón Dampierre y la nieta de Franco adquirió importantes connotaciones políticas.  Don Alfonso, en manos de los sectores más ultras, se convertiría muy pronto en el ariete con el que golpear las puertas de la fortaleza levantada por Carrero y el Opus Dei para proteger a don Juan Carlos, quien afrontó uno de los años más difíciles de su vida política.

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