9 oct. 2012

LA SUCESIÓN DE FRANCISCO FRANCO Y EL FUTURO DEL RÉGIMEN (IV)

El 8 de marzo de 1972 fue uno de los días más felices para los franquistas. La boda entre don Alfonso de Borbón Dampierre, nieto de Alfonso XIII, y María del Carmen Martínez-Bordiu Franco iba a ser el acontecimiento más importante del año.
Por decirlo de una manera simplista, el enlace matrimonial suponía un vínculo definitivo entre la familia monárquica y la golpista del año 1936.
La boda podía ayudar a rectificar la decisión tomada por Franco hacía menos de tres años y ya refrendada por las Cortes, designando sucesor a título de Rey al príncipe Juan Carlos de Borbón.  Pero ¿acaso no era don Jaime -el hijo mayor de Alfonso XIII y padre de don Alfonso de Borbón- el legítimo sucesor del huido monarca?  Sí, es cierto que había renunciado a sus derechos en favor de su hermano Don juan, pero ¿hasta qué punto la decisión de un padre podía afectar a los derechos de su propio hijo?  La sucesión de Franco se ponía de nuevo en entredicho.
Conforme se acercaba el enlace crecía el nerviosismo entre las "familias" del Régimen.  El 3 de marzo de 1972 Antonio Oriol (ministro de Justicia y miembro del Opus Dei) le contó a Laureano López Rodó que don Alfonso se había entrevistado con el secretario general técnico del Ministerio de Justicia, Marcelino Cabanas, y le había dicho, en síntesis, que no aceptaba la renuncia de su padre a los derechos que le correspondían a la Corona de España; que aceptaba la designación de su primo don Juan Carlos como sucesor a título de Rey en la Jefatura del Estado por ser un acto legal y porque resultaría complicada su derogación, y que no se le había correspondido debidamente por haber actuado de testigo en el acto de aceptación de don Juan Carlos en el palacio de La Zarzuela (reconociendo su linaje y sus derechos dinásticos).  Además Franco le pidió que en el acta de la boda se consignase el título de príncipe a Don Alfonso, cosa que rechazó el propio beneficiario.
López Rodó desde el Gobierno y Antonio Oriol desde el Consejo del Reino maniobraban para que nadie pudiera poner piedras en el camino del príncipe Juan Carlos.  Franco se enfadó y llegó a decirle a Oriol:  "Quisiera saber de dónde sale la maniobra.  Don Alfonso tenía el título de príncipe y ahora, porque se casa con mi nieta, se lo quieren quitar".  Oriol le explicó que no se lo querían quitar, sino que ahora que lo había pedido no procedía concedérselo.
La maniobra a la que Franco se refería estaba apoyada por aquel que siempre le había sido fiel: su inseparable Luis Carrero Blanco, el puntal sobre el que se apoyaba el futuro del príncipe Juan Carlos.  Y es que el almirante, que era del Opus Dei, obedecía a su general, pero antes y sobre todas las cosas a Dios, tal era su catolicismo extremo.
Fuera como fuese, el entorno de El Pardo, encabezado por el marqués de Villaverde, doña Carmen Polo y toda la legión de inmovilistas que buscaban perpetuar el franquismo, había encontrado en la figura de don Alfonso un abanderado por el que luchar para mantener sus privilegios, su propio príncipe, un hombre que seguiría al pie de la letra los principios del Movimiento, que jamás legalizaría a los comunistas y socialistas sino que los combatiría y que mantendría a España a salvo de los usos liberales que tanto gustaban en Europa.  Don Alfonso se convertía en el candidato a Rey del Movimiento.  Había manifestado en repetidas ocasiones que tenía derecho al trono y que no iba a permitir que se abriera vía alguna que diera paso "a quienes pretendían destruir la patria", que a su juicio no eran otros que todos los proscritos desde el final de la Guerra Civil.  Pero no nos engañemos; Don Alfonso reconocía a su primo como Rey, pero éste tendría que respetar su juramento de fidelidad a Franco. Así se condicionaba la futura labor de don Juan Carlos y don Alfonso se constituía en guardián, vigilante y casi carcelero de un Príncipe rehén del Movimiento enclaustrado entre las paredes de La Zarzuela, rodeado de enemigos políticos que tendría que vivir en silencio, sin poder expresar sus ideas.
Obviamente la boda de la nieta de Franco con un Borbón creó inquietud entre quienes apoyaban a don Juan Carlos, entre ellos Laureano López Rodó.
Para que lo entendamos mejor, en torno a Franco había dos grandes familias políticas: los "azules", que se veían a sí mismos como los guardianes del Movimiento, y el emergente poder de "los chicos de la Obra", como así se llamaba a quienes pertenecían al Opus Dei o simpatizaban con él.  Dos grandes grupos políticos enfrentados para hacerse con las riendas del poder tras la muerte del Caudillo.  Los primeros representaban el inmovilismo.  Se sentaban en los escaños de las Cortes luciendo sus camisas azules, Girón de Velasco, Alejandro Rodríguez de Valcárcel, Iniesta Cano o Carlos Arias Navarro estaban en sus filas.  Dejaban patente que ellos y sólo ellos eran los que habían dado su sangre en una Guerra Civil a la que llamaban "Cruzada", para expulsar a los "rojos" de una patria que se llamaba España.  Habían evitado el caos, el ateísmo y la anarquía.  Se habían constituido en los defensores de aquel orden y sabían cómo mantenerlo.  Tenían mucha influencia en el Ejército, en la policía y en la Guardia Civil, y contaban con todos los apoyos y la simpatía de la familia Franco.
Los otros, poco a poco, con discreción y buen tiento, se habían ido acercando al poder, es decir, al entorno de Franco.  Eran un grupo de jóvenes de buena familia y educados en universidades importantes tanto de dentro como de fuera de España.  Su influencia era cada vez mayor y disfrutaban ya de las mieles del Gobierno.  Sus detractores les acusaban de comportarse "como una secta".  Habían sabido conducir con acierto la economía del país. Eran los "tecnócratas", los artífices de una buena parte del despegue económico de los años sesenta.  Todos ellos provenían de grupos católicos conservadores y del Opus Dei, la mayoría estaban comprometidos con el príncipe Juan Carlos y la princesa Sofía, a los que frecuentaban, y se habían constituido en una fuerza ascendente.

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