8 oct. 2012

LA SUCESIÓN DE FRANCISCO FRANCO Y EL FUTURO DEL RÉGIMEN (II)

El parkinson y la flebitis que sufría Franco iban avanzando; a sus ochenta años no había ya nada ni nadie capaz de detener la enfermedad, por eso, desde los diferentes sectores del régimen, unos y otros se hacían con inquietud la misma pregunta: Y después de Franco... ¿qué?  Se trataba de una preocupación para quienes dirigían los destinos del país, para los que aspiraban a manejar las riendas del poder, y también para todos aquellos que desde la oposición luchaban en la clandestinidad por conseguir la ruptura con cuarenta años de privación de libertad y aislamiento internacional.
Estados Unidos y la Unión Soviética estaban en plena guerra fría.  Oriente Medio se había convertido en un tablero de ajedrez en el que se desarrollaba una dura batalla entre árabes e israelíes.  Las tropas estadounidenses intentaban sin éxito, un año tras otro, ocupar Vietnam del Norte.  La carrera espacial estaba en su apogeo.  Y España, aquel lugar casi perdido del mapa para muchos norteamericanos, que no sabían muy bien en qué continente situarla, adquiere un enorme valor estratégico al encontrarse en el flanco sur de Europa.  Ya en en 1959 los hombres del Pentágono preveían el problema: "En la planificación de nuestras relaciones futuras con España se debe considerar el liderazgo que sucederá a Franco.  Dado que es un área estratégica vital para los Estados Unidos, es necesario que España continúe orientada hacia el Oeste... Franco tiene sesenta y siete años.  Para cuando deje de mandar deben hacerse preparativos para asegurar que España continúa bajo un gobierno fuertemente prooccidental".
La dictadura de aquel general llamado Franco y la de su vecino Oliveira Salazar convertían a la Península Ibérica en un muro de contención del comunismo internacional y en lugares de especial interés para la política exterior del Pentágono.  La salida de la dictadura, tanto en España como en Portugal, no debía ser traumática y, desde luego, nunca debería propiciar lo que los comunistas tanto querían: una ruptura total con el sistema que facilitase la aparición a la luz pública de partidos y sindicatos dominados por los trabajadores y cercanos a los mandatos del Kremlin.  No, los Estados Unidos tenían otros planes.  Se trataba de seguir el modelo francés o británico, con partidos que pudieran dar la alternancia en el poder, uno de tinte socialdemócrata y otro conservador, capaces ambos de respetar sus compromisos internacionales y de suscribir la defensa de Occidente ante el enemigo común, que entonces no era otro que la Unión Soviética.
Los Estados Unidos, a través de su embajada en Madrid, disponían de información de primera mano.  Sus servicios de inteligencia estaban en contacto con los servicios españoles del Alto Estado Mayor del Ejército.  Semanalmente emitían informes secretos sobre la marcha de la política interna de España.  Ellos sí que podían haber respondido con bastante exactitud la pregunta de "Y después de Franco... ¿qué?".
Después de Franco se abriría un período de libertades bajo el control del Ejército y la atenta mirada de los Estados Unidos y sus aliados en Europa principalmente el Reino Unido, Francia y la República Federal de Alemania.  Se trataría de llegar a un sistema de partidos parecido al de estos países, pero sin prisas.
Poco o nada preocupaban a los Estados Unidos las guerras internas del régimen, si bien las utilizaban en su provecho.  Sólo había que estar muy atentos, establecer puentes tanto con el Ejército como con los partidos de la oposición, sin perder las buenas relaciones con el Gobierno, y esperar.
Para el "búker" de los inmovilistas, la cuestión era muy sencilla:  "Después de Franco, el franquismo".  Es por ello que intentaban desesperadamente apuntalar el sistema por todos los medios para que el viejo edificio no se viniera abajo.  A fuerza de repetir durante años sus propias consignas habían llegado a creer que el país podría seguir aislado del mundo indefinidamente y sobrevivir.  El tiempo para ellos parecía no haber pasado.  Sus contactos con el exterior era mínimos pues, a su juicio, era de allí de donde provenían todos los males que podrían perjudicar a España, no sólo en las costumbres, sino en la moral y en la vida política. Los inmovilistas, haciendo piña en torno a un dictador moribundo, ejercían su influencia sobre él a través de su médico de cabecera, sus ayudantes militares y las esposas de los generales y políticos que semanalmente se sentaban en El Pardo con doña Carmen Polo de Franco a tratar de solucionar la vida política del país mientras sus maridos ocupaban los escaños de las Cortes (en los corrillos periodísticos se le llegó a llamar a esto último "la revolución de los sostenes").
Aquellos otros que desde el interior del régimen pretendían cambiar par seguir conservando el poder, aunque modificando ligeramente sus estructuras, eran quienes apoyaban el recambio, la sustitución, la sucesión o como se le quiera llamar.  Unos por oportunismo político, otros por convicción monárquica y los más por situarse convenientemente ante un futuro que parecía inmediato arropaban al príncipe Juan Carlos.  Estaba muy reciente en la mente de todos la Guerra Civil Española y nadie quería volver a derramar sangre y deshacer familias completas partiendo de nuevo en dos al país.  Por eso, cuando a ellos, los llamados tecnócratas, juancarlistas o seguidores del Opus Dei se les preguntaba "Y después de Franco... ¿qué?", respondían que después de Franco, España.  Y en España el Rey.
Unos y otros tanto desde el interior como desde el exterior escrutaban día a día los movimientos de sus oponentes y la salud del Caudillo, intentando que nada se les pudiera escapar de las manos en aquella difícil apuesta política en la que se llegaron a buscar los más insospechados aliados.
Y lo mismo ocurría en las filas de la oposición.  Cada día se hacía oír con más fuerza la voz de los antifranquistas denunciando la represión del régimen y la falta de libertad.  Las universidades eran un hervidero de estudiantes enfrentándose a la autoridad al amparo de profesores como Aranguren, José Luis Sampedro o Tierno Galván.
Nombres ligados a la Guerra Civil, como Santiago Carrillo o Dolores Ibárruri, Enrique Líster Llopis y tantos otros, influían desde el exilio en el fortalecimiento de la oposición a Franco en un intento de recuperar el tiempo perdido.  Las consignas "España, mañana, será republicana" o "Libertad, sí, dictadura, no" se escuchaban ya en las universidades y en los grandes cinturones industriales, así como en manifestaciones callejeras.
De entre todos los partidos y grupúsculos de izquierda y ultraizquierda, quienes tenían mejor organización y mayor unidad de acción eran sin duda los militantes del Partido Comunista.  Actuaban en los momentos más importantes, tenían gran presencia social y seguían al pie de la letra las consignas de sus dirigentes.  El Partido Socialista (PSOE) se reducía por el momento a unas siglas y poco más, sin apenas implantación en el territorio español.  En torno al profesor Tierno Galván se movían numerosos intelectuales de izquierda; los democristianos se agrupaban alrededor de otro profesor, Joaquín Ruiz Giménez, antiguo ministro de Franco, persona dialogante y conciliadora que gozaba de enorme respeto político dentro y fuera de la izquierda.
En el extremo opuesto se situaban los más nostálgicos y también los más violentos del sistema.  Se organizaban en torno a Fuerza Nueva y poseían gran predicamento en buena parte del Ejército y las llamadas Fuerzas de Orden Público.  Lucían con orgullo todo tipo de símbolos, banderas y uniformes.  Todo se supeditaba al orden, su orden, del que quedaban excluidos aquellos que no fueran como ellos, que no vistieran como ellos, que no pensaran como ellos, que no sintieran como ellos... ¡que no fueran ellos!  Se habían proclamado defensores de la pureza, de la raza y de la patria, y estaban dispuestos a lo que hiciese falta por perpetuar el sistema.

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