10 oct. 2012

LA SUCESIÓN DE FRANCISCO FRANCO Y EL FUTURO DEL RÉGIMEN (VIII)

La oposición vio en el nombramiento de Carrero una clara intención de perpetuar el Franquismo.  Con Carrero como presidente, cuando a la muerte de Franco el Príncipe fuera nombrado Rey, la situación interna de España variaría poco.  Es por ello que el nombramiento no gustó ni a Estados Unidos, ni a los sectores más aperturistas del régimen, ni tampoco a los más ultraconservadores, ni por supuesto a las fuerzas emergentes de la oposición.  Y lo que es todavía peor: posiblemente ni siquiera a Carrero Blanco.
Y es que el almirante nunca había expresado apetencia alguna por el poder, porque siempre lo tuvo.  Durante treinta años permaneció al lado del Caudillo de forma incondicional, con vocación militar, como si se tratara de un jefe del Estado Mayor a quien correspondiera asesorar fielmente en todo al mando, a quien nunca puede molestar que sus consejos caigan en saco roto o, lo que es peor, que ni se tengan en cuenta.  Era la sombra de Franco en todas sus decisiones.  Su marcado carácter cristiano le hacía ser humilde y contemplar el poder con distanciamiento, pero a la vez sentía aversión por todo aquello que el considerara un obstáculo para "la buena marcha de España" (y los deseos del Caudillo, se entiende).
Con Franco en manifiesta decadencia física y el régimen cuestionado en distintos frentes, Carrero quiso sacar adelante una tarea imposible: apuntalar el edificio del franquismo.  Tarde, a destiempo y solo.  Estaba comenzando una transición que era muy difícil de detener.
El presidente nombró a su equipo.  Como vicepresidente a Torcuato Fernández Miranda, y como ministro de Asuntos Exteriores a Laureano López Rodó.  Ellos serían los brazos fuertes de su Gabinete.  Una de las personas a las que el presidente Carrero visitó en primer lugar para informarle de la composición de su Gobierno fue el príncipe don Juan Carlos, el 6 de junio de 1973.  El Príncipe -según diversas fuentes- le abrazó y le dijo: "Sólo falta ponerle un letrero de Gobierno de la Zarzuela".
Era un gobierno, sí, a la medida del Príncipe, del Opus Dei y de Carrero.  Todos sus componentes, efectivamente, eran viejos amigos vinculados a la Obra de San José María Escribá de Balaguer o al príncipe Juan Carlos.  Todos ellos enfrentados a las apetencias de los "azules", la gente del vetusto Movimiento.  Sólo había una excepción: la del ministro de la Gobernación, Caros Arias Navarro, situado en el Gobierno por influencia de doña Carmen Polo de Franco, esposa del Dictador, que colocaba a su fiel amigo, más conocido entre la oposición como El Carnicero de Málaga por sus "hazañas" durante la Guerra Civil y tiempos posteriores.
Era Carlos Arias un antimonárquico convencido, antijuancarlista por encima de todo y perro fiel de la familia Franco.  Arias Navarro era, pues, un invitado molesto en un Gobierno en el que nunca debía haber tenido cabida, y así se lo hizo saber el propio presidente Carrero cuando Arias le dio las gracias por su nombramiento: "A mí no me las des, dáselas al Caudillo, porque has sido nombrado directamente por él".

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