12 oct. 2012

EL ATENTADO CONTRA CARRERO BLANCO

El 20 de diciembre de 1973, Carrero Blanco comenzó el día asistiendo a misa como de costumbre en la iglesia de San Francisco de Borja.  Tras los oficios se subió en su coche oficial, un Dodge Dart negro matricula PMM-16416 seguido por otro vehículo de escolta.
El secretario de Estado norteamericano había abandonado Madrid pocas horas antes.  Esa misma tarde del 20 comenzaría el proceso 1.001 contra diez dirigentes del ilegal sindicato Comisiones Obreras, la mayoría de los cuales eran militantes del clandestino Partido Comunista de España.  Al día siguiente, 21, Franco tenía que presidir un importante Consejo de Ministros en el que se abordaría el nuevo proyecto de Asociaciones Políticas, al que tanto el Caudillo como el almirante Carrero se habían negado siempre a darle luz verde, pues lo consideraban la puerta por la que más tarde se acabarían colando en la vida política española los partidos marxistas.
A las 9.23 de la mañana el coche oficial enfila la calle Serrano lentamente y minutos después gira para entrar en Claudio Coello.  Un coche mal aparcado obliga al chófer a reducir la marcha y superar lentamente el obstáculo.  Una raya roja de casi un metro estaba pintada en vertical sobre la pared del edificio de los jesuitas. Cuando el coche de Carrero llegó a la altura del Austin Morris 1300 que estaba situado en doble fila y de la señal pintada en la pared, un hombre enfundado en un mono azul, subido en una escalera al otro lado de la calle, accionó un dispositivo conectado por cable a una gran carga explosiva y la calle Claudio Coello, a la altura del número 104, se abrió en dos literalmente.  Aquel hombre del mono azul era un miembro del comando Txikia de ETA llamado José Miguel Brñarán Ordeñana, alias Argala.  Él y otros terroristas que lo acompañaban comenzaron a gritar: "¡gas!, ¡gas!".
El inspector Miguel Alonso y el chófer Juan Franco, del vehículo de escolta, salen apresuradamente de su vehículo y se dirigen al lugar de la explosión.  Un gran socavón de nueve metros de diámetro y cuatro de profundidad es todo lo que hay en la calle.  Han perdido de vista el coche presidencial.
Lo cierto es que el automóvil, de casi dos toneladas de peso, con sus tres ocupantes dentro, fue elevado por la explosión más de treinta metros sobre la fachada del edificio del colegio de los jesuitas, saltó sobre el tejado y fue a caer en la terraza que rodeaba el patio interior.
El vehículo quedó destrozado, en forma de "V", empotrado contra una barandilla de piedra.  El magnicidio se había consumado. Eran las 9.28 de la mañana.
Las primeras indagaciones de la Guardia Civil, la policía de lo social y numerosos mandos del Ejército no dan crédito a lo sucedido.  Nadie se explica cómo, a pocos metros de la embajada americana, en una de las áreas urbanas más vigiladas del país, plagada siempre de policías, donde residen altas personalidades del Estado, un grupo terrorista haya podido excavar durante semanas un túnel hasta mitad de la calle sin ser detectado.  No pueden concebir cómo un grupo subversivo de independentistas vascos, sin experiencia probada, hayan podido ejecutar un atentado tan sofisticado.
Si bien la noticia corre como la pólvora, el Gobierno tardará en hacer oficial el asesinato de su Presidente, manteniéndose por el momento la versión oficial de la explosión de gas.
Media hora después del atentado eran ya muy pocas personas las que dudaban de la naturaleza del suceso y de la identidad de sus autores.  En cuanto se conoció la noticia se interrumpieron todas las emisiones de radio y comenzó a sonar la quinta sinfonía de Mahler en todas las cadenas.
Curiosamente, Franco fue uno de los últimos en conocer toda la verdad. Arias Navarro no había podido hablar personalmente con él porque estaba en su habitación afectado de una fuerte gripe, así que le comunicó la noticia a su ayudante, el coronel de aviación Fernández Trapa, quien a su vez le transmitió la noticia a otro ayudante del Caudillo, el teniente coronel de artillería Antonio Galbís.  Ninguno de los dos se decidió a darle personalmente un disgusto así al Jefe del Estado debido a su delicado estado de salud. Vicente Gil, médico de cabecera y amigo personal de Franco, decide dosificar la información contándole al Caudillo en un principio que Carrero estaba gravísimo.  Finamente será el teniente coronel Galbís quien informe detalladamente a Franco de lo sucedido.  Dicen que éste, sereno, respondió: "Son cosas que pasan".
Con el dictador enfermo e incapaz de salir adelante, aquel golpe hacía tambalearse al país. Se acababa de romper uno de los principios básicos de la dictadura: el del orden y la seguridad.  Ese día, aquello por lo que el régimen había luchado tanto desapareció por completo.  El magnicidio había dejado en evidencia al sistema.

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