16 ago. 2012

REORGANIZACIÓN DEL GOBIERNO DE NEGRÍN

Mientras tanto, en la zona republicana se llevaban a cabo algunas reformas.  En justicia fue suavizado el trato a los reclusos, y se determinó nombrar a los funcionarios de prisiones atendiendo no a sus ideas políticas, sino a su antigüedad en el escalafón.  Se restableció el culto católico, aunque solamente con carácter privado.  Todas estas medidas estaban encaminadas a suavizar la postura radical de los primeros tiempos de la guerra.
El objetivo de Negrín coincidía con el de Largo Caballero: robustecer y reafirmar la autoridad constitucional del gobierno, la cual estaba siendo rebasada por los técnicos y militares rusos, apoyados por el poderoso Partido Comunista.  Sin embargo, debió transigir en sus propósitos, dado que la crítica situación militar requería más que nunca la ayuda de la Unión Soviética.   La injerencia de los rusos en los problemas de política interna española se puso de manifiesto en el proceso y asesinato de Andrés Nin, uno de los personajes más influyentes del Partido Obrero de Unificación Marxista (pequeño partido comunista antiestalinista, importante en Lérida), interrogado y torturado por el coronel Orlov, de la N.K.V.D. (iniciales de la policía secreta soviética, también llamada G.P.U.), acusado de colaboracionismo con los nacionales.  Esto desprestigió al gobierno de Negrín y le obligó a crear el Servicio de Inteligencia Militar como medio de controlar las actividades de los agentes militares rusos y recortar sus prerrogativas, lo cual disgustó a los soviéticos, y sobre todo a Stalin, quien automáticamente redujo la ayuda a España.
Para poder controlar la fuerza revolucionaria de los partidos, Negrín disolvió el Consejo de Aragón, dominado por los anarquistas: prohibió los mítines políticos en Barcelona y destituyó a Largo Caballero de la jefatura de la UGT, nombrando a González Peña en su lugar.  Los desastres militares de Brunete, Belchite y Teruel, así como la ofensiva hacia Aragón y el Mediterráneo de los ejércitos de Franco, hicieron tambalear al gobierno de Negrín, induciéndole a exigir a Prieto la dimisión como ministro de la Guerra, acusándole de derrotista (éste, al igual que Azaña, pensaba que la guerra estaba ya perdida y que lo único que se podía hacer era retardar lo más posible el desastre final). Esta medida agravó la desunión como partido, menoscabado ya por la caída de Largo Caballero.
Prieto era un hombre capaz de organizar y de aprovisionar un ejército, pero reacio a refrendar medidas extremas -como penas de muerte-. Su realismo fue tachado de derrotismo cuando los ejércitos eran rechazados y aplastados por los nacionales.  Cuando Rojo e Hidalgo de Cisneros pensaron en rendirse a Franco, viendo que la guerra estaba perdida, él se unió a esta resolución en el caso de que la propuesta siguiese adelante.
La situación resultaba ahora opuesta a lo ocurrido en los comienzos de la guerra, cuando la moral del ejército republicano era muy alta y sus efectivos se engrosaban día tras día.  La desesperanza, la falta de fe en la victoria final, las derrotas consecutivas y la desorganización existente habían levantado, por el contrario, la moral del ejército nacional, al que afluían multitud de jóvenes universitarios deseosos de alistarse.  Negrín, ante el resultado desfavorable que ya se divisaba en lontananza, ordenó a todo el mundo permanecer en sus puestos y no abandonar el trabajo, fuera cual fuese el final.  En estos momentos su prestigio y poder alcanzaron la magnitud de los de sus predecesores, y animado por este apoyo popular reorganizó su gobierno, elaborando un programa político que popularmente fue llamado "los trece puntos de Negrín", y que se puede resumir en lo siguiente:

-Independencia de la economía española con independencia del intrusismo extranjero.
-Libertad religiosa.
-Autonomía regional.
-Amnistía política y retirada de las tropas extranjeras.
-Reforma agraria.

Como puede observarse, este programa era un poco más conservador que el de sus predecesores, esforzándose por reducir su radicalismo.  De esta forma procuraba conciliarse con los espíritus más conservadores, de forma que la República pareciese ante los ojos de los gobiernos occidentales como un sistema democrático al estilo europeo.  Esta política le atrajo las antipatías del Frente Popular y, al revés de lo que prometía en su programa político, el sistema se endureció como consecuencia de su gran dependencia con respecto a los comunistas, los cuales pretendían detener las derrotas militares con detenciones y ejecuciones.

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