16 ago. 2012

LA BATALLA DEL EBRO

Negrín necesitaba un triunfo para revivificar el prestigio y las esperanzas de la República agonizante.  Al mismo tiempo, el Estado Mayor de Burgos pensaba que los catalanes iniciarían una ofensiva en el frente aragonés para retardar, durante el otoño e invierno, la llegada delas tropas nacionales a las puertas de Cataluña.  Preocupados los mandos frente-populistas por su inferioridad militar, escogieron un lugar en que los efectivos nacionales fueran escasos: el Ebro, entre Fayón y Benifallet.
Para lograr un resultado positivo había que iniciar un golpe como el de Brunete, Belchite y Teruel, pero en proporciones mucho mayores. Se organizó, a las órdenes de Modesto, un nuevo ejército del Ebro, copuesto por el quinto Cuerpo de Ejército, al mando de Líster, y el decimoquinto, a las órdenes de Tagueña, quedando en reserva el decimoctavo  Tenían entre 70 y 80 baterías y 27 cañones antiaéreos.  Los comandantes eran comunistas, y el consejero táctico, el general ruso Maximov.  La artillería tuvo un papel destacado, comandando la del bando nacional el general Martínez Campos.
En previsión del posible ataque, Franco había colocado, en una línea de frente que se extendía desde la sierra de Javalambre y El Espadón hasta la costa a la altura de Nules, un ejército compuesto por los cuerpos de Castilla, Turia, C.T.V., Maestrazgo y Galicia.  El 24 de julio, por la noche, los republicanos se lanzaron al ataque en un frente de unos 80-100 kilómetros, comprendido entre la confluencia de los ríos Ebro y Segre y Amposta.  El Cuerpo de Ejército del Ebro, compuesto por 170.000 hombres, comenzó a cruzar el río aquella noche, lográndolo en pocos días gracias al factor sorpresa.  Con esta maniobra pretendían penetrar a fondo en las líneas defensivas de los nacionales y atacarlos centro de comunicación de la retaguardia. Sin embargo, los nacionales abrieron los embalses pirenaicos de los ríos tributarios del Ebro y, al bajar las aguas en gran masa, deshicieron las posiciones situadas en las márgenes del río.
En este avance preliminar, el ejército gubernamental dividió el frente en tres sectores: de Mequinenza a Fayón, de Fayón a Cherta y de Cherta a Amposta.  En los tres procuró aprovechar la maniobra inicial de sorpresa, lanzándose en avalancha y desbordamiento.
En un principio, las fuerzas nacionales, mucho más escasas en efectivos, fueron incapaces de controlar la avalancha; pero a los cuatro días, el avance estaba contenido.  El plan requería un ejército más coherente que el formado por las milicias republicanas, y el intento de ofensiva fracasó, a pesar de que entre 30.000 y 40.000 hombres habían cruzado el Ebro y roto el frente.
Ante la dificultad de cavar refugios, a causa de la dureza del suelo, todas las operaciones había que hacerlas por la noche.  Este primer éxito inicial había elevado el prestigio de Negrín; mas la detención que se produjo en agosto hizo que se sembraran, aumentadas, las críticas, lo cual se tradujo en una nueva crisis de su gabinete.  En ella planteó Azaña su plan de una marcha atrás en el hecho bélico y una paz negociada, como había sido siempre su pensamiento.  Pero Negrín le recordó su condición de presidente de la nación, no de jefe del gobierno, y constitucionalmente, a lo sumo, sólo podía aconsejar, no imponer, con lo cual Negrín reiteró su decisión de seguir adelante.  Como consecuencia de esta decisión, varios ministros de su gabinete cesaron en sus cargos.
Para contrarrestar la ofensiva gubernamental, los cuerpos del ejército de Navarra, Aragón, Castilla, Turia, Maestrazgo y Galicia, el marroquí y el legionario, al mando del general Dávila, llegaron al frente.  El coronel Coco cortó el ataque por Amposta, y en los últimos días de julio el empuje estaba contenido.  En el Ebro, como había ocurrido en las últimas confrontaciones bélicas, el frente se había fijado y estabilizado.  Unos y otros seguían combatiéndose, gastando vidas en ataques y contraataques, fijos en sus posiciones, aunque el ejército del general Franco había conseguido avanzar unos ocho kilómetros. La aviación comenzó a castigar las líneas republicanas, y se hizo necesario enviar tropas de reserva.  La lucha se transformó en una guerra de trincheras,en la que el objetivo de los nacionales era el desgaste. Los aviones aislaban y ametrallaban las fuerzas que atravesaban el río y destrozaban las obras de fortificación de primera línea. La guerra de desgaste estaba dando resultado; las reservas gubernamentales comenzaron a agotarse, y hubo que reclutar muchachos muy jóvenes y hombres ya maduros, los cuales llegaban al frente casi desprovistos de instrucción  militar.
A pesar de las grandes bajas del frente del Ebro (se estima en casi 50.000 el número de muertos), que superaban con mucho las producidas en el Jarama y Teruel, los nacionales consiguieron desalojar a los republicanos de las posiciones que ocupaban desde la estabilización del frente.  Sin embargo, la propaganda republicana afirmaba que si Franco había conseguido destrozar al ejército rojo, también había deshecho el suyo.
Este argumento quedaba invalidado por la ofensiva nacional, que tomó cuatro direcciones (dos partían de la sierra de Caballs y las otras dos de Pandols) y se puso en movimiento el día 11.  Ante la rapidez y la sorpresa del ataque, los republicanos iniciaron la retirada.
El 16 se conquistaba el pueblo de Flix, que fue la última operación de la guerra.  El día 22 de noviembre, la línea del frente quedaba restablecida.
El balance de las pérdidas se estimó en 70.000 hombres por el bando republicano; entre ellos, unos 20.000 prisioneros y 30.000 muertos.  Las Brigadas Internacionales fueron diezmadas en el 75%.  Se perdieron 2.000 aviones, abandonándose gran cantidad de material de todo tipo, incluidas 1.800 ametralladoras y 20.000 fusiles.  Puede afirmarse que el ejército republicano del norte dejó de existir.  Las pérdidas de los nacionales se estiman en unos 33.000.

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