25 ago. 2012

LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL (I)

En agosto de 1939 se constituyó un nuevo gobierno, en el que casi como en todos los que le sucedieron estaban representadas las cuatro tendencias (Falange, tradicionalistas, monárquicos y católicos).  Los puestos más importantes van siendo ocupados por antiguos cedistas monárquicos alfonsinos, tradicionalistas no dinásticos y financieros, produciéndose, por el contrario, un continuo desplazamiento de los falangistas.
Formaron parte del gobierno de Serrano Súñer en la Gobernación: Beigbeder, en Asuntos Exteriores; Ibáñez Martín, en Educación; Esteban Bilbao, en Justicia, y Muñoz Grandes, en la Secretaría General, entre otros.  Dentro de este bloque se fueron dibujando dos líneas fundamentales, cuyas posturas se radicalizaron con la invasión de Polonia por parte de los alemanes y la consiguiente declaración de guerra por parte de los aliados.
La línea pro-Eje, uno de cuyos representantes era Serrano Súñer -que figuraba entre los representantes más destacados de la Falange de posguerra y cuya autoridad dentro del partido era fuertemente discutida por la "vieja guardia".
La situación económica se endureció hasta el extremo de que el racionamiento de comida fue suspendido ante la inseguridad de suministrarla y por estar supeditada la economía a la política exterior.  La falta de comida reforzó la postura de imposibilidad de entrar en la contienda.  La pujanza de esta línea, que preconiza la entrada en la guerra al lado del Eje, llegará hasta 1942, momento en que el declive de sus ejércitos es ya notorio y en que su máximo representante, Serrano Súñer, se retira de la vida política.
Contrarrestando a los partidarios de una política exterior favorable a las potencias del Eje, el grupo encabezado por Beigbeder, ante la compleja situación internacional, tenderá a un equilibrio benévolo hacia los aliados, sobre todo hacia Inglaterra, cuyo gobierno ya había mostrado sus simpatías para con el nuevo régimen, a través del Comité de No-Intervención, con el que había frenado la ayuda a la República, en base a una neutralidad. Fruto de esta política fueron los acuerdos firmados en 1941 con Inglaterra, por el que se le suministró a España trigo procedente del Canadá, y con la Argentina de 1942, conocido como el "Protocolo Franco-Perón", por el que España recibió un millón de toneladas de trigo argentino.
Sin embargo, el caudillo, cuyos poderes habían aumentado con las medidas que suprimían la vicepresidencia del gobierno, con la creación de la Junta de Defensa Nacional y el Alto Estado Mayor y con su "mayor visión política", marcó continuamente la necesidad de mantenerse neutral ante el conflicto, ya que como le dirá a Stohrer, embajador alemán, "España necesita inevitablemente de un período de paz para remediar los efectos de la guerra y poder crear un pujante ejército.  Sin una guerra se declarase en Europa, durante un plazo más o menos breve España permanecería neutral".  La realidad es que España no tenía la capacidad de apoyar a unos aliados en franco camino hacia la derrota.

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