9 ago. 2012

LA REVOLUCIÓN DE OCTUBRE DE 1934 (II)

Hablemos ahora de la segunda fase de la revolución.
En Cataluña el movimiento provino de arriba y fracasó.
Flotaban en el ambiente numerosos problemas: la ley de Cultivos seguía obstaculizando las buenas relaciones de la Generalitat con Madrid; la transferencia de poderes bajo el Estatuto de Autonomía se hacía con excesiva lentitud, según los catalanes; en la universidad, profesores y estudiantes  catalanes miraban con hostilidad el uso continuado de la lengua castellana en las aulas.  Revestía mayor gravedad el hecho de que entre los jóvenes de la Esquerra iba creciendo un movimiento casi fascista; llevaban camisas verdes, se autodeterminaban "escamots" (pelotones), hacían instrucción en formación militar y reconocían como jefe al nacionalista José Dencás, consejero de Orden Público de la Generalitat.  Tanto Dencás como los hermanos Badía estaban dispuestos a instaurar el Estado catalán, nacionalista y separatista, en el momento oportuno.
Companys, sucesor de Maciá en la presidencia de la Generalitat, gozaba de gran popularidad.  El 5 de octubre apadrinó una huelga general declarada por la UGT, el C.A.D.C.I., los comunistas disidentes y las juventudes nacionalistas catalanas, armadas por Dencás.  Este movimiento no contaba con el catalanismo de derechas ni con la CNT y la FAI (no debemos olvidar que el anarco-sindicalismo era la fuerza social más poderosa en Barcelona).  Dencás creyó llegado el momento de dar el golpe facista y hacerse con la jefatura de una Cataluña independiente, por lo que sacó sus "escamots" a las calles.
Companys se encontró acorralado: o empleaba la fuerza contra los extremistas o él mismo dirigía el movimiento y proclamaba la República catalana.  Azaña, que por esos días estaba en Barcelona, trató de disuadirle de aceptar la última opción, y Madrid y el propio capitán general de Cataluña, Batet, trataron de tranquilizarle.
La presión subía, y el polvorín catalán amenazaba estallar.  En aquellos momentos había en Cataluña ocho fuerza armadas capaces de enfrentarse.  Eran la IV División del ejército español, la Guardia Municipal de Barcelona, la Guardia Civil, la Guardia de Asalto, los "Mossos d'Esquadra", los "escamots", los "rabassaires" y la FAI.
Companys pedía a sus insubordinados Dencás y Miguel Badía que le obedecieran.  Para que no quedaran dudas de su catalanismo, del que, ante una multitud congregada en la plaza de San Jaume, apelando a la prudencia y creyendo que España estaba en rebelión, proclamó "el Estado catalán dentro de la República Federal Española" (reviviendo la doctrina de Pi i Margall).  Luego, junto con su gobierno, se atrincheró sumariamente en la Generalitat, esperando que el general Batet permaneciera neutral.
La prudencia del antedicho general hizo que con 500 hombres y algunos cañonazos la Generalitat se rindiera de modo digno.  Dencás huyó de Barcelona, y el gobierno de Companys fue a la cárcel para esperar el proceso por rebelarse contra la autoridad constituida.
Los "rabassaires" llegaron demasiado tarde; la CNT había sido incluso tiroteada por la policía de Dencás, al tiempo que rechazaba a la Alianza Obrera.  Dencás, al no entregar las armas a los trabajadores, demostraba las limitaciones del espíritu revolucionario de la pequeña burguesía catalana.  El fracaso de la revolución de octubre dio un golpe a la mística del nacionalismo catalán del que ya no se recuperaría.
Hubo algunas muertes e incidentes sangrientos en el campo, pero no una insurrección de masas.  En Madrid, la derrota catalana sirvió para consolidar a Lerroux.

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