9 ago. 2012

LA REVOLUCIÓN DE OCTUBRE DE 1934 (I)

Las pasiones políticas y la censura de la prensa hicieron difícil a los observadores llegar a un verdadero conocimiento de los hechos sobre las sublevaciones de Cataluña y Asturias de 1934.
La entrada cedista en el gobierno presidido por Lerroux fue la señal para la revolución de octubre, no su causa.  Presentada como "una enérgica protesta contra la hipocresía de los reaccionarios", la revolución de octubre fue un intento, tal vez no muy sentido, de crear en España una República de trabajadores, como única alternativa a la destrucción del Partido Socialista.  Fue concebida por los dirigentes socialistas obsesionados por los paralelismos europeos, y empujada hasta adquirir tintes violentos por el temple revolucionario de las masas, especialmente visibles en las organizaciones juveniles del partido.  Como confesó Araquistáin, la revolución fue obra de los proletarios jóvenes; si los dirigentes se hubieran mantenido al margen, "el proletariado socialista habría roto con su estructura sindical y se habría unido a los sindicalistas y a los anarquistas".  Enfrentados los socialistas como Araquistáin, que habían estado en Alemania, podían aducir que el no enfrentarse con un Hitler o un Dollfuss español habría sido el certificado de defunción del partido.

La revolución pasó tres fases.  Hablemos de la primera.

Una serie de huelgas generales, no coordinadas, fracasaron en las grandes ciudades.  ¿Por qué?  Los dirigentes de los diversos partidos obreros estaban divididos.  Largo Caballero era el gran desilusionado por su experiencia colaboracionista con la democracia burguesa entre 1931 y 1933.  La nueva izquierda logró atraerlo para formar una fuerza revolucionaria en la que tuviesen cabida todos los partidos obreros (Alianza Obrera).  Por supuesto, esto no lo aprobaban todos los socialistas y menos aún Prieto y Besteiro, a los que se tachó de obstruccionistas. Crearon un comité, redactaron telegramas cifrados y hasta pensaron en el camuflaje si el golpe revolucionario no salía triunfante.  Ángel Pestaña, el moderado de la CNT, se inclinaba cada vez más a una participación política en gobiernos democráticos; para otros miembros de la CNT y para la FAI esto era inadmisible.  Lo antiestalinistas Andrés Nin y Joaquín Maurín actuaban con táctica propias, ya que consideraban al anarquismo ingenuo y mal organizado, y a los socialistas y comunistas españoles, burocratizados y muy centralizados.
Con toda esta división, el riesgo era grande.  Además faltó eco en los sectores agrarios, y en Aragón estaban agotados por la larga huelga de varios meses.  En Cataluña, a Companys se le consideraba un burgués nada interesante.  Los anarquistas se abstuvieron casi por completo.  En Aragón y Cataluña, pues, el desgaste anterior, una alianza obrera sin madurar, el abstencionismo anarquista y las diferentes consignas neutralizaron a la clase obrera.
En Andalucía y Extremadura, los campesinos estaban cansados tras el fracaso de las huelgas del verano.  En Madrid, los dirigentes vacilaban.  Largo Caballero se mostró indeciso.  A ciertos intelectuales y dirigentes sindicales les disgustaba su oratoria.  Así pues, las manifestaciones no tomaron gran amplitud.
Los republicanos de izquierda no aceptaban la acción revolucionaria; se limitaban al retraimiento y al boicot político.  Cabe pensar, no obstante, que de haber triunfado la revolución, hubieran estado prestos a sancionarla.
Factor importante fue que el gobierno estaba informado, y ante el llamamiento a la huelga, reaccionó inmediatamente proclamando el estado de guerra en el país.  Puede afirmarse que, como movimiento nacional, la revolución fue un fracaso.

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