9 ago. 2012

EL BIENIO DE CENTRO-DERECHA 1934-1936 (IV)

El mes de septiembre comenzó con un agravamiento de la situación: los mineros asturianos, cantando La Internacional, chocaron con la policía; en San Sebastian caían asesinados Manuel Carrión, rico industrial y simpatizante falangista, y Manuel Andrés Casaus, miembro del partido de Azaña; los "rabassaires" catalanes se apoderaron de cosechas y quemaron el Instituto Agrícola de San Isidro; en Madrid era cerrada la Casa del Pueblo; en la provincia de León los guardias de asalto mataron por error a un hombre e hirieron gravemente a otros dos; en  los funerales se cantó La Internacional, entre los gritos de "¡Muera el fascismo!".
Al final de las vacaciones parlamentarias era derribado el gabinete de Samper (el 1º de octubre de 1934), acusado de debilidad ante tantos incidentes.  Gil Robles anunció que no apoyaría por más tiempo al gobierno radical: tras diez meses de brindarles su apoyo, ahora demandaba su participación en el gobierno.
Alcalá Zamora dudaba cómo actuar: Gil Robles -pensaba- no era totalmente leal a la República; además, si lo llamaba al poder, se radicalizaría la posición de los socialistas, para quienes el líder de la CEDA significaba la crisis del socialismo (como había ocurrido en la Alemania de Hitler y en el Austria de ollfuss).  Sin embargo, Gil Robles había obtenido un gran éxito al organizar a las masas conservadoras de la República.  Era, por otra parte, el grupo más numeroso de las Cortes, y no podía continuar excluido.
Se decidió llamar a Lerroux, quien formó un nuevo gobierno de coalición dando entrada en él a tres miembros de la CEDA.  Era la prueba que se esperaba.
Manuel Azaña, Diego Martínez Barrio, Felipe Sánchez Román, Miguel Maura y otros dijeron al presidente que era culpable de entregar la República a sus enemigos, al tiempo que le negaron "toda colaboración" y denunciaban la República desfigurada.
Los socialistas, pese a que Julián Besteiro nunca había querido implicar al socialismo en las responsabilidades del poder y pese a que Andrés Saborit tampoco era partidario de la radicalización extrema, manifestaron que no quedaba otra salida que el alzamiento revolucionario.

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