14 ago. 2012

LA LUCHA EN TORNO A MADRID (II)

La lucha aérea adquirió proporciones heroicas, tanto por el coraje y habilidad de los pilotos soviéticos como por el arrojo temerario de los del bando nacional, entre los que destacó García Morato, creador de una nueva técnica de ataque que hizo escuela.
La batalla del Jarama terminó el 24 de febrero por agotamiento temporal, al igual que la de la carreteera de La Coruña, sin triunfo concreto e importante desde el punto de vista estratégico, aunque sí se consiguieron dos ventajas para el bando nacional, aparte del dominio del valle de dicho río, base de operaciones para un futuro avance hacia Alcalá de Henares: se llevó el frente unos veinte kilómetros más allá de la línea inicial y se logró el corte de las comunicaciones directas entre Madrid y Valencia, hecho de suma importancia.  Esto no fue óbice para que los republicanos desviaran el tráfico por la ruta secundaria Madrid-Zaragoza, pasando por Campo Real, Loeches y Carabaña, para unirse finalmente con las de Valencia más allá del río Jarama.
Entre tanto, el jefe del gobierno republicano, Largo Caballero,  cuyo nombramiento se basaba en que su prestigio podía unir a los distintos partidos obreros en una especie de coalición capaz de conseguir el esfuerzo común de todos ellos en la lucha, tenía que enfrentarse a las presiones iniciadas por el Partido Comunista Español y por sus aliados soviéticos.
Desde la victoria del Frente Popular, los comunistas españoles se habían destacado como un elemento reformista y mediador entre la clase media y la obrera, oponiéndose a las sublevaciones y a las acciones de terroristas de anarquistas y socialistas de extrema izquierda y evitando las confiscaciones exhaustivas de los pequeños burgueses y de los labradores propietarios.
En conjunto no estaban de acuerdo con el izquierdismo a ultranza de ciertos sectores, al que tachaban de infantil.  Esta actitud moderadora se justificaba porque la mayoría delos afiliados al partido desde el mes de enero no pertenecían a la masa proletaria, sino que estaba formada por militares de graduación, profesionales e intelectuales.  El partido había crecido desorbitadamente en los meses que habían transcurrido desde el comienzo de la guerra, como consecuencia de lo expuesto y sobre todo por las simpatías que la ayuda rusa en el frente de Madrid había despertado entre la población.  Al mismo tiempo, los comisarios políticos enviados por la Unión Soviética ejercían una verdadera fiscalización de los mandos militares.
Este crecimiento hizo desconfiar al partido socialista y a los seguidores de Largo Caballero, que temían que los comunistas controlaran el poder, implantando su terrible burocracia política, siempre al servicio de los intereses rusos.  Los comunistas se oponían a la revolución en España porque sus etapas iniciales pertenecían a las viejas instituciones del mundo proletario: la CNT y la UGT.  Sus adversarios políticos, cuyo poder se basaba en la revolución bohemia del comité de milicianos,temían que su política de sentido común fuera considerada como un humillante sacrificio de la política nacional a la presión soviética o como el intento de un pequeño partido de infiltrarse en la maquinaria estatal.
Necesitados de un líder de prestigio, con el que contaban los otros partidos, pensaron que al igual que tantos otros habían desertado del suyo para unirse a ellos, Largo Caballero lo haría también; pero como el jefe de gobierno era contrario a este parecer, vino el enfrentamiento. El motivo inicial se produjo cuando los comunistas, que pretendían controlar la adhesión al partido de los jefes militares, pidieron el traslado de Asensio, jefe de las operaciones en el Jarama, por su oposición a la propaganda en el ejército.  El jefe del gobierno no sólo se negó a su traslado, sino que además le nombró subsecretario del Ministerio de la Guerra.
Con la caída de Málaga los comunistas tuvieron la ocasión de convertir a Asensio en el responsable del fracaso , y el mismo embajador soviético, Rosemberg, visitó a Largo Caballero para pedirle su destitución, a lo que el jefe del Ejecutivo se negó.  No obstante, presionado por la opinión pública, el 21 de febrero aceptó la dimisión de Asensio, nombrando para este cargo a un antiguo monárquico, el coronel Cerón, mientras que como contrapartida destituía a varios comunistas, poniendo en su lugar a socialistas de confianza, y pedía a Moscú la retirada de Rosenberg.
Largo Caballero pretendía poner coto a la expansión comunista, pero lo único que consiguió fue desatar las tensiones y una guerra sorda entre anarquistas y socialistas por un lado contra comunistas por el otro.

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