5 ago. 2012

LA HUELGA DE LA CANADIENSE

El Congreso de Sants había supuesto, sin duda, un gran avance en el camino de proteger al Movimiento Obrero con los instrumentos que el momento parecía requerir.  Los nuevos Sindicatos Únicos fueron un imán que atraería poderosamente a las masas trabajadores, sobre todo en Cataluña.
Sin embargo, este crecimiento acelerado tendría también su lado negativo. A la Confederación comenzaron a llegar exaltados, que fueron imponiendo a algunos comités soluciones discordes con los métodos de lucha cenetistas. Las acciones directas contra determinados patronos, encargados, policías... desarrollaron una espiral de violencia innecesaria.  Cuando la Confederación logró controlar los excesos, estos mismos individuos pasaron, en buena parte, a engrosas los cuadros de pistoleros patronales y terroristas de los Sindicatos Libres.
La efectividad de los nuevos sindicatos quedaría demostrada con la huelga de La Canadiense, importante empresa qeu ocupaba a miles de obreros y con sus núcleos centrales en Tarragona, Lérida y Gerona.  El conflicto comenzó al negarse algunos obreros a aceptar una rebaja en sus salarios, lo que les valió el despido automático.  En solidaridad con ellos, todo el personal se declaró en huelga, apoyados a su vez por la huelga de brazos caídos declarada previamente por el Sindicato de Agua, Gas y Electricidad.  La respuesta de la empresa fue el despido del personal en huelga y la admisión de nuevos obreros.  A su vez, las autoridades encarcelaron a la mayoría de los militantes más notorios, pensando, sin duda, que al descabezar el movimiento, éste se hundiría.  Dicho método se mostraría ineficaz, ya que la Confederación no dependía de ningún grupo de líderes, sino que su fuerza estaba en la base. Si los mandos estaban detenidos, automáticamente surgían otros nuevos para reemplazarlos.
El conflicto se extendió como una mancha de aceite.  Pararon las demás empresas eléctricas y de gas de Barcelona, dejándola prácticamente a oscuras.  A su vez, el 17 de febrero (el conflicto de La Canadiense comenzó el día 8) la industria textil también paró.  Reclamaban el reconocimiento de su sindicato, las ocho horas de jornada laboral y otra serie de peticiones, como la supresión del destajo, etc.  Ante la gravedad que iban tomando los acontecimientos, se militarizaron las empresas en huelga, hecho que no solucionó el problema, ya que muchos obreros se negaron a acatar las órdenes, siendo conducidos presos a Montjuic.
Cuando ambas partes estaban a punto de desfallecer, y gracias a la labor de mediación del gobierno, el 17 de marzo, tras 44 días de huelga, se llegó a un acuerdo que representaba un triunfo total de los obreros.  La Canadiense admitió a todos los huelguistas, hizo un aumento general de salarios, aceptó la jornada de ocho horas e incluso abonó parte de los salarios de los días de huelga.  Por su parte, el gobierno puso en libertad a todos los detenidos.  Algo nuevo dentro de la lucha obrera fue el control de la censura de sus propios periódicos, con lo que evitaron la aparición de artículos o propaganda contraria a sus intereses.
A pesar del triunfo de la confederación, el conflicto a una escala más amplia que la de La Canadiense no había sido superado. La Patronal se encontraba indignada ante la actitud conciliadora del gobierno, y temía nuevos enfrentamientos.  La chispa que hizo saltar el conflicto (y sólo habían transcurrido siete días) fue la negativa a poner en libertad a algunos de los detenidos.  El 24 de marzo, en cumplimiento de una de las cláusulas el compromiso aceptado para reanudar el trabajo, se declaró la huelga general.  La declaración del estado de guerra, la suspensión de garantías constitucionales, la labor de Lomateu y sobre todo el agotamiento del mundo obrero motivaron que la victoria se convirtiese en derrota.  A los pocos días la normalidad había sido restablecida sin conseguir sus objetivos.
El gobierno propuso la creación de una comisión mixta que impidiera este tipo de conflictos, y extrañamente fue aceptada por los cuadros cenetistas. Al poco tiempo se vio que tampoco esta comisión solucionaba nada, ya que si las empresas imponían sus criterios a la comisión, sus dictámentes no serían aceptados por la base, lo que, en definitiva, empeoraba la situación.
Si hasta ahora habían sido primero los obreros y luego el gobierno los que habían tomado la iniciativa, el 23 de noviembre ésta pasó a la Patronal: las empresas declararon un "lockout" (cierre de sus fábricas), medida que afectó a 200.000 obreros catalanes.  La miseria y la desesperación de infinidad de hogares obreros hizo que el clima de violencia y enfrentamiento se agudizase, siendo incontables los asesinatos y actos terroristas cometidos por ambas partes.  A pesar de las órdenes del gobierno, las empresas no abrieron las puertas de sus fábricas y talleres hasta el 25 de enero de 1919.

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