9 ago. 2012

LA DERROTA DE LAS IZQUIERDAS Y EL FRACASO DE AZAÑA (VIII)

Estos ataques demostraban que Azaña estaba perdiendo su primitiva autoridad y prestigio.  Ello culminaría con la derrota electoral de su coalición.  A la numerosa oposición se sumaban las quejas de los propietarios sobre la actuación de los jurados mixtos, a quienes acusaban de favorecer siempre a los obreros; los hombres de negocios y los economistas manifestaban su disgusto por las tendencias socialistas del gobierno; Ortega, Unamuno y otros intelectuales "derramaban lágrimas sobre una realidad demasiado alejada de sus sueños".
Otro síntoma de que el país se inclinaba a principios de 1933 hacia el conservadurismo fueron las elecciones municipales de abril de 1933.  De unos 16.000 concejales elegidos, 9.802 se declararon republicanos y 4.954 monárquicos ("burgos podridos", según expresión del propio Azaña). Esto significaba que, aunque la mayoría era republicana, los miles de concejales monárquicos conseguidos suponían un serio revés para el Gobierno.  Además, el partido socialista obtuvo menos puestos en los ayuntamientos que su eterno rival, el partido republicano radical de Lerroux.
Durante el verano de 1933, el descontento de los trabajadores acabó por minar la estabilidad de la coalición de Azaña.  Por otra parte, aquella unidad republicana del Pacto de San Sebastián se había desintegrado por completo.  Los socialistas, que nunca estuvieron en su totalidad dispuestos a colaborar con un gobierno burgués, vieron oportuno retirarse del gobierno.  Alcalá Zamora, presidente de la República, viendo que la opinión pública se inclinaba hacia la derecha, destituyó a Azaña y designó a Lerroux para que presidiera el Consejo de Ministros, pero, ante el veto de los socialistas, tuvo que volver a llamar a Azaña.  En esta circunstancia, Prieto se mostró dispuesto a formar gobierno, pero tal iniciativa no le gustó a su colega socialista Largo Caballero; esto prueba hasta qué punto eran serias las disensiones en el seno del socialismo respecto a la identificación con el gobierno burgués.  La Federación Laboral Socialista U.G.T., siempre disciplinada, daba muestras de descontento, ya que no estaba dispuesta a sacrificar la lealtad de sus militantes trabajadores en aras de mantener el orden público a favor del gobierno republicano. La CNT estaba adquiriendo resonancia y creciendo con rapidez, y esto lo achacaban sus rivales de la UGT a que no se habían comprometido colaborando con el gobierno.  LA UGT quería romper su compromiso y dar cauce a las reivindicaciones proletarias. El socialismo se sentía cada día menos cómodo con las ataduras dle poder, y muchos se negaban a adoptar una conducta de enérgica firmeza frente al desorden creciente, mientras los independientes de la CNT se beneficiaban del descontento obrero y campesino.

A estos grupos militantes que luchaban por el poder se sumó otra nueva fuerza de oposición.  Al proclamarse la República, el Partido Comunista Español, afiliado a la tercera Internacional, apenas si contaba con 2.000 miembros.  Este minúsculo grupo que, recordemos, tenía sus orígenes en una escisión de las Juventudes Socialistas del propio PSOE, fue el primero en denunciar la "república burguesa"; pero su periódico, "Mundo Obrero", estaba lejos de poder competir con la prensa anarquista y socialista.  Además, en 1932 estaban divididos por afirmaciones doctrinales y depuraciones. Sus principales dirigentes intelectuales, Andrés Nin y Joaquín Maurín, que habían colaborado con Lenin, tomaron partido por Trotsky, alejándose del estalinismo.
Sus mayores posibilidades radicaban en Asturias, en el País Vasco, en Cataluña ("Bloque Obrero y Campesino", con propagandistas como Maur´n, Arques y Miravitlles) y en Sevilla, donde el "Comité de Reconstrucción" era dirigido por un joven y enérgico trabajador, José Díaz, que llegaría a secretario general del partido.
El comunismo iba desarrollando sus posibilidades entre jóvenes anarquistas ávidos de doctrina y jóvenes socialistas ávidos de acción.  Estos diversos organizadores sindicales contrataban pistoleros y provocaban choques que producían muertos y heridos.  La prensa daba gran publicidad a estos hechos, que si en muchos casos eran reflejo de la realidad, se exageraba en otros, buscando sensacionalismo.

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