2 ago. 2012

LA CULTURA ESPAÑOLA ANTE EL SIGLO XX

Sobre a decir que la cultura española cuenta con unos ingredientes específicamente patrios.  Ahora bien, no debe olvidarse que los hombres de finales del siglo XIX y del primer tercio del XX se aproximan a Europa y, en un grado muy intenso, se integran en la cultura europea a través de un perseverante aprendizaje de técnica y formas.
Para comprender la cultura española del siglo XX necesitamos, aunque sea de una manera muy somera, advertir los cambios decisivos que experimenta la civilización occidental a partir del decenio 1895-1905.  En primer lugar, presenciamos hacia 1900 una profunda revolución intelectual sin precedentes. Sólo con que citemos dos nombres: Einstein y Eddington, vemos que la ciencia occidental ha dado un vuelco radica, un giro de 180 grados.  Los postulados de la lógica matemática en vigor desde la época de los griegos ya no son válidos; la mecánica celeste queda subvertida; la teoría de la relatividad y de un universo de cuatro dimensiones nos dicen que nuestras concepciones cósmicas, tenidas por inmutable, han experimentado un cambio total sin vuelta atrás.  Con Thomson y Rutherford el átomo, tenido por algo sólido e indivisible, aparecerá como un sistema planetario en miniatura regido por una poderosa energía que más tarde utilizará el ser humano con mejor o peor fortuna, al dividirlo.
¿Cuál iba a ser el papel del hombre en el cosmos?  ¿No se prestaba a meditación el hecho de que se creía que la civilización de los tiempos históricos contase sólo con unos pocos miles de años?  Esto era grave para las viejas concepciones.
Consideremos lo que suponía para el hombre el "avance técnico" de esos momentos: electricidad cada día más utilizada, química, motor de explosión, aviación, submarino, telegrafía sin hilos...  Junto a la revolución científica y el avance técnico, existieron otros dos fenómenos característicos del cambio experimentado por la civilización occidental desde comienzos del siglo XX: la crisis de conocimientos seguros y evidentes y la violencia desmedida.
Desde el siglo XVIII, en líneas generales, se creyó más en la ciencia, en el progreso, en las leyes científicas, en la experimentación... que en la religión.  Por supuesto, esta crisis religiosa no afectó por igual a todas las clases sociales.  Las filosofías "intuitivas", "vitalistas"... nos hablarán reiteradamente de la crisis en que ha entrado la vieja ciencia y las viejas concepciones.
En lo que a la violencia se refiere, flota en el ambiente la crisis económica, social, política y espiritual.  El menosprecio de la vida humana y el instinto de destrucción, bien servidos por todos esos fabulosos medios técnicos y científicos que se plasmarán en la Primera Guerra Mundial, son características que historiadores y sociólogos tendrán en cuenta cuando mediten sobre la época de violencia que vivirá el siglo XX.  La crisis bélica y revolucionaria tiene sus mejores exponentes en las dos guerras mundiales, con un intermedio en la crisis mundial del 29.  También en España se desemboca en la más sangrienta guerra civil de toda nuestra historia.  Hasta la energía atómica será usada premeditadamente para arrasar ciudades enteras.  La optimista democracia parlamentaria es sustituida por ideologías que llevan en sí el germen de la violencia: nazismo, fascismo, comunismo...  Estos hechos y otros que no citaremos se prestan a consideraciones morales de no poca relevancia: compatibilidad entre progreso científico-técnico frente a retroceso moral o si lo que define como elevado a un determinado grado de civilización es el respeto a la vida y a la dignidad humana, la llamada "era de la violencia" (1898-1945), que constituye una época de claro retroceso humano.
Sobre los hechos sociales tiene un enorme impacto el materialismo dialéctico, forjado a mediados del siglo XIX por Marx y Engels, e impuesto después de la Primera Guerra Mundial, primero en Rusia por obra de Lenin y extendido después de la Segunda Guerra Mundial a otros países.
En otro orden de cosas, asistiremos a una reacción esiritualista (Brentano, Blondel, Unamuno...) y sobre todo a la afirmación de la vida como realidad, superando las anteriores primacías de la razón y de los sentimientos.  Aquí tendríamos que citar a Ortega y Gasset y a otros pensadores, aún más familiarizados con los totalitarismos y en estrecho parentesco con el tema de la violencia.
Aludamos, para terminar, al arte.  También recibirá el impacto de la crisis espiritual y manifestará estos caracteres distintivos en una multiplicidad abigarrada de tendencias y escuelas, a través de un aislamiento social del artista y de su vocacional desentendimiento de la realidad.  Frente a este arte de minorías, generalmente disconforme con las estructuras sociales y políticas, podemos hablar de otro arte de masas, llamado a ser gozado (o padecido) por grandes muchedumbres pasivas, como sería el cine, por ejemplo.  El problema no es limitar el arte al horizonte actual de las grandes masas, sino extender el horizonte de las masas tanto como sea posible.
Pasando al caso español, para dar una somera visión de conjunto acerca de los esfuerzos intelectuales y creativos de los hombres de la primera década del siglo XX, los hechos socio-culturales, el sostener la existencia de un peculiar genio español, encarnado en la "intrahistoria" de España y no en la historia "superficial" de la política restauradora, el intentar fundir las técnicas extranjeras con los valores españoles... van a producir una serie de nombres universales: Ortega, Picasso, Falla, García Lorca, Juan Ramón Jiménez,  Jacinto Benavente, y algunos más.

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