2 ago. 2012

GENERACIÓN DEL 98: AZORÍN y PÍO BAROJA

José Martínez Ruíz nació en Monovar en 1873.  Hijo de un abogado, se cría en ambiente de clase media con visos intelectuales y cierto desahogo económico.  Estudia en Valencia y vive el mundillo universitario y republicano; frecuenta redacciones, tertulias y librerias de viejo.  Viaja por Granada y Salamanca, y en 1896 cae por Madrid.  A partir de esta fecha salen de su pluma "Charivari", "Alma castellana", "La voluntad", "Las confesiones de un pequeño filósofo", "Los pueblos", "La ruta de Don Quijote".  A partir de 1908 se hace conservador, abandona su republicanismo con matices y "sienta la cabeza"; escribirá una obra inmensa y de gran valor hasta 1967.
Los primeros atisbos novelísticos de Azorín comienzan con "La voluntad", novela de la abulia y el fracaso, perfectamente enmarcada en el liberal 98.  Como decía Dámaso Alonso, "a los héroes tempranos de Azorín y Baroja les une un mismo rasgo psicológico: la crisis de la voluntad.  Esa desilusión, ese escepticismo, no son sino un reflejo sobre lo individual de la atonía nacional en esos años del cambio de siglo".
Azorín representa para sus coetáneos del 98 al artista de fina sensibilidad de comentario, de los clásicos y del paisaje; sobre todo del paisaje castellano, en el que los personajes resultan insignificantes.  Pero Azorín también (y porque todavía no se ha hecho diputado maurista) es despedido de "El Imparcial" por descubrir la tragedia de los campesinos andaluces.

Pío Baroja es el novelista del grupo.  Nacía en San Sebastián en 1872, hijo de un ingeniero de minas.  Estudiará medicina en Madrid. Médico rural en Cestona, se vuelve a Madrid dos años después (1896).  En esta fecha comienzan sus actividades literarias y periodísticas, simultaneadas con la regencia de la panadería de su tía.  Escribe colaboraciones, y en 1900 salen de su pluma "Vidas sombrías", "La casa de Aizgorri", "Camino de perfección".  Vivirá de su oficio de escribir novelas, muy conocidas por todos.  Elegido académico, moría en 1956.
Baroja es un maestro en el arte de la narración de todos los tiempos. Entre cínico y campechano, rudo e ingenuo, iconoclasta e inocente, Baroja es el escritor de más talento del grupo del 98.  Era un intelectual anarquista nato, que rechazaba todas las jerarquías.  Ya en sus primeros escritos, el hombre deshecho e inadaptado, errabundo y psicopático, emerge en el paisaje que también don Pío contribuye a descubrir.  A Baroja no le interesa el hombre real enmarcado en la sociedad, sino el aventurero, el pícaro, el hampón, el caso raro.  Él había escrito: "Todo lo que tiene el liberalismo de destructor del pasado me sugestiona...".  Baroja está dominado por la superstición de lo científico, y se olvida del hombre de carne y hueso.  En contra de la mayoría de los intelectuales, se declara germanófilo en la Primera Guerra Mundial.  Baroja, como hombre del 98, percibe también el paisaje y comparte su patriotismo difícil, pero e distancia cada vez más del quehacer común del grupo y se adentra en una circunstancia extremadamente individualizada.  Y así seguía ese genial novelista a los 65 años, en que tenía que escribir artículos de prensa para ayudarse a vivir, como en sus tiempos mozos.

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