11 ago. 2012

FRANCO, EN CANARIAS

Franco tenía que trasladarse desde Canarias al norte de África para hacerse cargo del ejército marroquí y pasar con él a la Península, según el plan previsto; pero éste era un empeño difícil, puesto que todos sus movimientos estaban siendo vigilados por la policía.  Sin embargo, un suceso imprevisto vino en su ayuda.  He aquí cómo nos relata el hecho, no sin cierto tono épico, Aznar:

"El general Franco era hasta el 18 de julio jefe militar de las islas Canarias; el Frente Popular le consideraba peligroso, no solamente en Madrid, sino en cualquier otro lugar de la Penúnsula; el destino que le confirieron en las islas Canarias equivalía, en cierto modo, a un mal disimulado confinamiento.  La policía tenía orden reiterada de vigilar los pasos del general, informar sobre sus conversaciones, anotar sus amistades y dar cuenta minuciosa de cuanto se refiriese a su vida y persona.  Creo que, a pesar de todo, jamás supo el Ministerio de la Guerra nada que se relacionase con el designio militar de que Franco se trasladara a Marruecos en ocasión del Alzamiento y asumiese allí el mando supremo de las fuerzas de África.  Los sublevados de Tetuán, Larache, Ceuta y Melilla le esperaban con ansiedad.  ¿Cómo hallar el medio de que abandonara su residencia en Canarias y se presentase en la capital de nuestro protectorado?
Pocos días antes del señalado para la iniciación del Movimiento, el joven ingeniero español don Juan de la Cierva, inventor del autogiro que lleva su nombre, comprometió en Londres los servicios de un aeroplano.  Era el "O.H. Rapide".  Pilotó el capitán Beeb.  Intervenía en los urgentes trámites el marqués de Luca de Tena.  Las gestiones finales del acuerdo con Beeb estuvieron a cargo de don Luis A. Bolín, corresponsal del periódico madrileño "ABC" en la capital de Inglaterra.  El día 11 de julio salió el "O.H. Rapide" del aeródromo de Croydon.  Tomaron asiento en el avión un comandante de Scotland Yard, llamado B.C. Pollard, su hija Diana y una amiga de ésta, Dorotea Watson.  Hicieron escala en Biarritz, Lisboa y Casablanca.  Beeb y Pollard sólo sabían que una vez en Las Palmas debían recoger a un viajero para ellos misterioso.  Bolín no quiso decirles nada más.  El piloto y los viajeros ingleses no conocían una sola palabra de los preparativos del Alzamiento español.
En la fecha prevista, el avión inglés tomó tierra en un aeródromo de Las Palmas.  Cuando faltaban en realidad pocas horas para que la sublevación fuera un hecho consumado, recibióse en el despacho del general Franco la noticia de que el comandante militar de Las Palmas, el general Amado Balmes, había muerto al disparársele una pistola que estaba examinando.  Franco telegrafió al Ministerio de la Guerra y solicitó autorización para trasladarse a la ciudad cercana, a fin de presidir el entierro de su compañero.  Accedió el ministro.  En compañía de su esposa y de su hija, el general se presentó en Las Palmas.  Terminada la ceremonia del funeral por el alma de Amado Balmes, Franco halló ocasión magnífica de escapar de la vigilancia de la policía.  El piloto Beeb recibió de pronto un aviso que no supo de dónde ni de quién venía; procedió ese aviso, probablemente, del general Luis Orgaz, que vivía en Canarias cumpliendo una orden de destierro dictada contra él por el gobierno del Frente Popular.  El piloto se encaminó al aeródromo, revisó el avión y puso en marcha los motores.  Al filo del mediodía se le acercaba un hombre de  mediana estatura, a quien jamás había visto; ese hombre le tendió la mano y le dijo: "Soy el general Franco".
No había tiempo que perder.  Los minutos, en aquella ocasión, eran de oro.  Rápidamente, el aeroplano inglés levantó el vuelo, y poco después se perdió entre las nubes con rumbo hacia Casablanca.  Acompañaban al general Franco su ayudante, el coronel Franco Salgado, el teniente coronel Martínez Fusser y el aviador Villalobos.  Momentos antes de la sublevación militar en África, Franco dio orden de que fuera secundada en las islas Canarias y entregó el mando del territorio al general Orgaz."

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