12 ago. 2012

ESTABILIZACIÓN DE LOS FRENTES (I)

La segunda confrontación militar  lo que se refiere al avance del Ejército del Norte (Somosierra-Guadarrama), a cargo del general Mola, el cual, en su avance hacia el sur para llegar hasta Madrid, no calculó la resistencia republicana que podía encontrar a su paso, y en vez de formar columnas fuertes, fraccionó los efectivos en unidades débiles. Aunque contaba con 10.000 requetés y varios miles de falangistas y de tropas diversas, no advirtió que su retaguardia se encontraba amenazada por los nacionalistas vascos.  Galicia y León se encontraban infestadas de guerrillas, y Asturias y Cantabria estaban dominadas por las fuerzas del Frente Popular.  No obstante, pudo llegar hasta los pasos montañosos de las sierras que circundan la capital a finales del mes de julio.
El plan táctico pensado por Mola consistía en que desde distintos puntos avanzarían las tropas hacia Madrid: la tropa de Zaragoza, a través de Guadalajara; la de Navarra y Logroño, por Somosierra; la de Valladolid y Burdos, por Salamanca; y la de Ávila y Segovia, por Navacerrada y Guadarrama, para desde aquí, habiendo rebasado el Alto del León y las pendientes de El Escorial, Villalba y Torrelodones, unirse esta última a la columna de Segovia y marchar a Madrid por la carretera de La Coruña.  Pero el plan fracasó.  La fuerzas aragonesas, escasas en número, tuvieron que defender su frente ante el la avalancha lanzada por los anarco-sindicalistas, no pudiendo acudir a la cita.
Con respecto a las restantes columnas, desde Pamplona partió una mandada por el coronel García Escámez, y de Burgos otra, al frente del también coronel Gistau.  De Valladolid salió una tercera hacia el Alto del León, al mando del coronel Serrador.  A ella se unió el regimiento de Transmisiones de El Pardo, con el coronel Carrascosa como jefe.  Todas estas fuerzas quedaron bajo el mando de Mola, el cual pretendía situarlas en la línea de la sierra madrileña, para desde allí lanzarse al asalto de la capital.  A Mola le interesaba la posición de los pasos en dicha sierra, porque serían los accesos utilizados por las tropas atacantes, y al mismo tiempo servirían de enlaces entre dichas tropas y los sublevados dentro de la ciudad.  Había que contar con un grupo de voluntarios de Renovación Española en Madrid, al mando de Carlos Miralles, que fijarían las avanzadillas en espera de las columnas de refuerzo.  Estos voluntarios se apostaron allí el 17 y el 18 tuvo lugar el primer encuentro con un grupo de guardias de asalto, a los que hicieron replegarse.
El día 21, después de haber caído el Cuartel de la Montaña en Madrid, las milicias rojas madrileñas comenzaron sus incursiones a la sierra para conquistar la posición.  El ataque comenzó el día 22; los nacionales se parapetaron en las alturas de Buitrago.  La aviación enemiga diezmaba la posición, que no tenía fuerzas suficientes para resistir, por lo que era forzoso el repliegue.  En la acción habían caído Carlos Miralles y el capitán Ortiz, que mandaba la retirada hacia el pueblo de Cerezo de Abajo, donde se unieron a las tropas que traía Gistau desde Burgos.
García Escámez, en su camino desde Pamplona a Madrid debería ir conquistando objetivos claves, valiéndose de la rapidez de la marcha y de la sorpresa.  El itinerario que siguió fue en primer lugar Logroño, dominado el día 20, La Rioja, Soria, Almazán, Sigüenza y Guadalajara, donde tuvo que variar los planes por culpa del terreno.  Antes de que Escámez pudiese entrar en Guadalajara, ésta caía en poder de los milicianos madrileños.  El puente volado a quince kilómetros de la ciudad le impidió la entrada.
Mola, ante la noticia de la gran masa de fuerzas rojas que se estaban concentrando en Guadalajara, comprendió que el asalto a Madrid era imposible, y ordenó que dichas fuerzas se desviasen y se apostasen en el puerto de Somosierra, como medida de contención en este paso  tan importante.  Cuando llegaron, el puerto se había perdido el día 22 al tener que retirarse el resto de los voluntarios de Miralles.  Habiéndose reunido en el pueblo de Cerezo de Abajo los supervivientes de Miralles, las tropas de Gistau y la columna de García Escámez se pusieron bajo las órdenes de este último y se lanzaron el día 25 a la reconquista del puerto.   Los republicanos también se apresuraron hacia los pasos de la montaña situados al norte de Madrid.  En la sierra, la guerra consistió en choques aislados entre pequeñas unidades: la patrullas tanteaban las líneas del enemigo o excavaban a lo largo de las líneas montañosas.  Los grupos de milicias políticamente más conscientes establecieron sistemas de trincheras y puestos de mando y comunicaciones; pero durante el mes de agosto, la mayoría venía diariamente en camión desde la ciudad.  El tiempo era bueno, los aires de montaña, tonificantes, y los árboles daban una sensación de seguridad contra los observadores hostiles. La guerra suponía aventura y rudo valor, no ciencia... Cuando chocaban entre sí, luchaban con la misma bravura temeraria.  Cuando por casualidad les atacaba un bombardero, respondían disparando con sus fusiles y morían gustosos de heridas que pudieron haber evitado de haberse puesto a cubierto.  Cuando quedaban cortados de sus líneas, eran capaces de luchar durante días sin víveres ni agua, hasta disparar el último cartucho.

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